Nada

El reloj ya había dado las doce, y entonces el chirrido había sonado. No sabía de dónde venía, no sabía quién lo producía, pero en cuanto su eco se extendía por los rincones de mi cerebro ella aparecía. Siempre aparecía tal y como la recordaba, tan nítida a mis ojos que más que una visión parecía un maravilloso sueño, uno del que no quería despertar. Aún así esa maravillosa visión se alejaba de lo idílico. Ella nunca hablaba. Siempre permanecía al lado de mi cama, quieta, y cuando le hablaba, cuando le preguntaba, abría la boca y podía ver y sentir el vacío: Allí no quedaba nada, ni dientes, ni lengua, siquiera consuelo para su única hija. Las palabras habían quedado extirpadas de su corazón y su alma porque ella no tenía derecho a pronunciarlas. Allí permanecíamos ambas, observándonos en silencio hasta que, al salir el sol, se escuchaba el coche de mi padre entrar al garaje. Entonces, y solo entonces, ella se marchaba, dejando grabada en mi corazón su triste mirada y su boca vacía.


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