El hueco

La primera noche no escuchó aquel golpecito. Estaba tan ocupada leyendo que su cabeza obvió el sonido y lo camufló entre las gotas de lluvia que repiqueteaban contra su ventana. La segunda noche el sonido se hizo más fuerte, pero no tanto como para conseguir que se girara en su escritorio. Apenas levantó la vista de un folio a medias, con el presentimiento de haber escuchado algo pero la incerteza de haberlo escuchado cerca. La tercera noche no hubo nada que ocupara su mente: Notó el golpecito y vio como el segundo cajón bajo la estantería de los libros se había movido. Con el ceño ligeramente fruncido terminó de girar su silla y golpeó el cajón con el pie para volver a ponerlo en su sitio. No tardó en repetirse el fenómeno y la segunda vez, ya con una ligera nota de preocupación en su rostro, se inclinó para cerrar el cajón con la mano. A continuación no esperó a que el suceso se repitiera una tercera vez, con una sonrisa ingenua salió de la habitación en dirección al baño y se miró a sí misma en el espejo. Su reflejo le devolvía una imagen tan distorsionada que tuvo que entornar los ojos y buscar aquellos rasgos que le eran familiares para reconocerse: Un flequillo que necesitaba ser cortado pero que tenía demasiado miedo a una peluquería, una oreja izquierda ligeramente más despegada, y unos labios que, habiendo sido mordidos hasta la saciedad, se alegraban de tener un instante de tranquilidad. Sin lugar a dudas aquella persona que le devolvía la mirada fija era ella, ella o lo que pudiera quedar.

Le dolía el pecho, desde hacía tres días o algo así. Ella se reía al decirlo y bromeaba con tener el corazón roto, pero las personas a las que se lo contaba la miraban preocupadas, sin saber realmente qué consejo dar. Pero ella no necesitaba consejo alguno, en realidad no quería que supieran que le dolía el corazón, pero siempre terminaba contándolo porque algo en su cara la delataba: Igual eran los ojos ligeramente achinados intentando aguantar una pequeña lágrima, o tal vez la sonrisa forzada. Fuera como fuese había algo, algo que la obligaba a bromear sobre un tema del cual prefería no hablar. Cuando volvió a la habitación el cajón se había vuelto a mover, pero esta vez, sin prestarle atención, se sentó en el borde de la cama y miró al suelo. Lo cierto es que le dolía mucho el pecho, como cuando una pequeña piedra se metía en el zapato y al más mínimo movimiento molestaba, igual. Deseó en ese instante poder sacarse el corazón del pecho para sacudirlo y la idea le hizo reír. No hizo falta que se levantara de la cama; arrastrándose un poco se acercó al cajón y lo abrió. Al fondo del todo, en la esquina de la izquierda, estaba guardada una de sus posesiones más preciadas. Lo había envuelto en unos calcetines muy feos, los típicos calcetines que te regala alguien de tu familia y con los cuales no sabes qué hacer. No quería ponérselos ya que eran demasiado feos y, aunque no se vieran, ella los veía, sentía como sobresalían entre su pantalón y su zapato, intentando llamar su atención. Tampoco quería tirarlos, aquello le parecía un desperdicio y se negaba a tirar algo que no estuviera roto, o que se le hubiera quedado pequeño. Miró el estampado de rayas y lunares con un poco de rencor y se preguntó a quién se le había ocurrido mezclar tantos colores en una misma prenda de vestir. Entonces el gato que reposaba en el tobillo le sonrió: Le habían tenido que decir que aquello era un gato, ya que por su forma parecía algo atropellado varias veces por un camión.
No quería tocar aquellos calcetines, tal vez por eso los había usado como escudo, pero sabía que en aquellos instantes su contenido era mucho más importante que toda la repulsión que pudiera sentir por aquella prenda de vestir. Poco a poco desenvolvió el contenido y dejó los calcetines sobre la cama, a su izquierda, con la cara del gato mirando hacia abajo. En aquel momento su corazón latía con fuerza, así que lo miró como quien ve a un bebé llorar por primera vez. Sacudió un poco el corazón y se lo pasó de una mano a la otra, mirándolo desde todos los ángulos en busca de algún imperfecto, pero seguía tal y como lo había dejado hacía un año: Perfecto por fuera, pero completamente hueco por dentro. Con cuidado cogió los calcetines y lo volvió a envolver, intentando que aquel gato no la mirara de nuevo, y lo cambió de lugar, moviendo un poco el contenido del cajón para hacerle un hueco esta vez a la derecha. La curiosidad pudo con ella y decidió posar la mano donde antes había estado el corazón, pero no notó nada. No pudo evitar preguntarse a sí misma qué esperaba encontrar al posar la mano ahí, pero nadie respondió. Finalmente, cuando terminó de colocar el cajón, se sentó de nuevo en su silla y miró su reflejo en el joyero de cristal que reposaba en la estantería. Aquella imagen mucho más distorsionada que la del espejo le pareció mucho más real: Su cara, fragmentada con los ángulos, le parecía más familiar que la oreja despegada que había visto hacía unos instantes.

Entonces volvió a notar el dolor en el pecho y una sonrisa amarga le cruzó el rostro. Le dolía, le dolía tanto que sentía que iba a morir, pero no era el corazón, no. Aquel hueco que había creado en lo más profundo de su ser se desangraba, agrietándose y haciéndose más grande por momentos. Aquel hueco palpitaba como lo haría un corazón y almacenaba todos los sentimientos que el corazón ya no podía conservar, pero no los conservaba en su memoria, si no en lo más profundo de su pesar. Aquel hueco dolía, dolía tanto o más que un corazón, y cuando intentaba llorar sentía que las lágrimas caían en su interior, sin posibilidad a salir. Volvió a mirar al cajón una última vez, deseando por un momento que lo más raro que contuviera fueran aquellos horrorosos calcetines de gatos.

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Un mal día, tercera parte.



No tenía muy claro en qué punto de la carrera me había enamorado total e irremediablemente de Rosa. Un día me fijé en ella, en primero, y entonces me di cuenta de que la tenía en casi todas las asignaturas, casi como si nos hubiéramos puesto de acuerdo. No hablábamos y a veces me sorprendía a mí mismo mirándola, sin saber muy bien por qué. Era una chica solitaria y en más de una ocasión había tenido oportunidad de acercarme a ella para saludarla, pero no lo había hecho, y tampoco sabía por qué. En segundo volví a encontrármela en casi todas partes, como si más que una persona fuera un fantasma que me perseguía, y antes de finalizar el año, mientras yo presentaba un proyecto, vi que me sonreía y desde aquel momento dejé de disimular mis miradas. Pese a que mis movimientos a veces eran muy obvios nadie pareció darse cuenta de mi atracción por ella, y gracias a ello pude seguir observándola sin ser objeto de burla. Me gustaba dejar el abrigo al lado del suyo en el perchero, con el fin de encontrarla allí a la salida y poder hablarle, pero siempre era más rápida que yo: cuando me quería dar cuenta había cogido su abrigo y había desaparecido. ‘Creo que voy a sentarme en primera fila, desde que llevo gafas no veo muy bien’ me había dicho una compañera, y yo no podía haber evitado animarla para hacerlo; desde que se sentaba allí iba a hablar más a menudo con ella que de costumbre, esperando que Rosa me mirara. Y finalmente me miró. Un día en clase nuestras miradas se cruzaron e intenté sonreírle como ella me había sonreído a mí, algo que la dejó muy confusa.

No empezamos a hablar inmediatamente, pero noté que sus movimientos se habían ralentizado. Ahora no cogía su abrigo tan rápido como antes, como si esperara a que yo dijera algo, pero entonces comencé yo a hacer las cosas a su anterior ritmo, embargado por una vergüenza que no sabía muy bien de dónde salía. Ella, sorprendida, me miraba en muchas ocasiones, y yo no podía evitar mirar hacia otro lado, aunque no tardó en cansarse de esperarme y terminó volviendo a su ritmo habitual. Quizás fue aquello lo que hizo que nos conociéramos, teníamos que estar en el mismo nivel y nunca éramos capaces de alcanzarlo, pero ahora, estando yo estancado en mi vergüenza y en mi escapismo, me había dado de bruces con ella; bueno, tal vez no de bruces, pero sí de una manera bastante idílica, algo que parecía sacado de una mala película romántica. La escena no es difícil de imaginar: yo bajando unas escaleras mecánicas y ella subiendo por otras contiguas a las mías. Abrí mucho los ojos al verla allí, lejos de la universidad, y ella me sonrió y me saludó con la mano. Apenas fui capaz de sonreír un instante, ya que lo siguiente que hice fue correr al autobús, refugiándome en el último asiento, hecho un manojo de nervios.

Y entonces empezamos a hablar, aunque debo de confesar que no fue gracias a mí. Ella a veces me veía caminando hacia la facultad y aceleraba su paso para alcanzarme. Entonces, por norma general, me preguntaba cualquier cosa  y se quedaba callada, y de esa forma continuábamos el camino así, en completo silencio. Poco a poco ella había dejado de ser la chica solitaria en la que me había fijado por primera vez y ahora siempre tenía a alguien con quien  hablar, por lo que encontrarla a solas me era muy difícil, además no era rara la ocasión en la que veía a alguien comentando lo guapa que estaba con una ropa o peinado determinado, algo que me parecía realmente injusto. “Pero yo la vi primero” decía una vocecita en mi cabeza, y tenía que luchar por acallarla, ya que me parecía un comentario realmente infantil y egoísta.

¿Cómo llegamos a este punto de la historia? Eso sí que lo sé, es de lo poco que recuerdo con pelos y señales, como si me acabara de suceder. Sucedió un día en el que tuve que comer solo, y, puedo asegurar que sin haberlo planeado, no me quedó más remedio que sentarme con Rosa, ya que no había ninguna otra mesa libre. Personalmente habría preferido no estar con ella, ya que el hecho de que me viera comer me resultaba vergonzoso, y no sabía cómo moverme exactamente para que no pensara de mí que era una persona sin modales. No obstante ella no parecía fijarse en mí, me había saludado, pero nada más. Continuamos comiendo y cuando estaba a punto de terminar la encontré mirándome, pero no mirándome a la cara, no, mirándome las manos. Al percatarse de que me había dado cuenta de su mirada indiscreta me miró a los ojos y sonrió un poco incómoda, sin saber bien qué decir. ‘Es que nunca me había fijado en tus manos y las tienes muy bonitas, y perdóname, sé que suena raro…’ suspiró y apartó la mirada, colocando los cubiertos en la bandeja. Aquello fue lo que hizo que terminara de enamorarme, supongo, ya que probablemente ya estaba muy enamorado en ese punto. Nunca había recibido ningún cumplido por mis manos, al contrario, los hombres se burlaban de mí por tenerlas “muy femeninas” y las chicas no podían evitar reírse y decirme que “no me pegaban”, pero Rosa no, a ella le habían parecido realmente bonitas, y podía saberlo porque en su mirada había visto la vergüenza de confesar una verdad incómoda.

“Rosa jamás se fijaría en un cobarde como tú”. Por más vueltas que le diera a lo que acababa de decir Marina no podía evitar pensar que, en realidad, tenía toda la razón del mundo. Ella ya se había ralentizado en una ocasión para que pudiera hacer lo que creyera conveniente y yo, para variar, había desaprovechado la oportunidad. Ahora únicamente podía intentar alcanzarla, aunque ya no fuera tan fácil. Rosa sabía lo que pasaba su alrededor, no era tonta, y como si tuviera un sexto sentido era capaz de saber quién hablaba mal de ella, gente a la que luego solía evitar a toda costa. Y yo… Yo era “amigo” de ese tipo de gente, de la gente que despreciaba a Rosa sin razón alguna, gente que, cuando me veía con ella, me recomendaba mantenerme al margen.

‘¿Felipe?’ Dijo una voz a mis espaldas cuando ya habíamos pasado la facultad de periodismo.
Me giré al reconocer la voz: no era otra que Catalina, que me saludaba con la mano para que la viera acercarse. La verdad es que ya no me apetecía ir al Lizarrán, y menos con Marina, que parecía odiarme profundamente, por lo que usé a Catalina como excusa para despedirme del resto de mis compañeros, diciendo que ya quedaríamos en otro momento.
‘Parece mentira que, viviendo tan cerca, hiciera por lo menos más de dos meses que no te veía.’
‘Pero eso es porque sabes que me encanta madrugar, y tú ahora por las mañanas trabajas, ¿no?’
‘Cierto, pero sea como sea, me alegro de verte, ¿vuelves a casa? Te acompaño, yo he terminado por hoy, así que estoy disponible para que me cuentes cómo te va la vida.’
No sé cómo lo hizo, pero antes de llegar al metro nos habíamos terminado deteniendo para hablar más tranquilamente en un banco, ya que poco a poco Catalina me lo estaba sacando todo. Me había llevado siempre muy bien con ella, desde pequeños, pero nunca me había atrevido a contarle nada íntimo. Esta vez me escuchó muy atentamente, con las manos sobre el regazo y la mirada perdida en los árboles de la acera de enfrente.
‘Al menos tú tienes más esperanza que yo.’ Fue lo primero que dijo cuando terminé mi relato (terminando, lógicamente, en lo que me acababa de suceder hacía un instante).
‘¿Más que tú? ¿Por qué dices eso?’
‘Yo me he enamorado de un chico que no quiere nada conmigo, y lo peor es que me lo ha dicho, por lo que no es que yo esté muy pesimista ni nada así.’
‘Pues no sé cómo no podría querer nada contigo, eres una chica encantadora, y no te lo digo porque seas mi amiga de toda la vida…’
‘No, pero volviendo a tu tema, que es el que nos importa ahora mismo, creo que tienes esperanzas con ella, ¿tú no piensas así?’
‘¿Por qué debería tener esperanza?’
‘En primer lugar, porque no te has declarado y no te ha rechazado, cuando te rechace ya podrás olvidar el tener esperanza y todo lo que tú quieras, pero de momento…’
‘¿Y sus acciones?’
‘Hablan por sí solas, si no quisiera hablar contigo tal vez no te alcanzaría cuando os encontráis por la mañana, ¿no lo has pensado? Yo si no quiero hablar con alguien, dejo que camine delante de mí para no encontrarnos.’
‘Ya, pero, ¿y la gente con la que me voy? Creo que no quiere hablar conmigo por eso.’
Catalina se encogió de hombros y me miró muy seria, sin decir nada, a los pocos segundos se levantó del banco de piedra y se estiró, colocándose el bolso correctamente.
‘Voy a ir a verla, ¿quieres acompañarme? Para verla al menos.’
‘Quita, quita, no te conviene enredar más el asunto, con que estéis los dos solos es suficiente.’

Tras eso se despidió de mí con una sonrisa y no pude siquiera darle las gracias por haberme escuchado y haberme dado el valor necesario para dar media vuelta; me limité a despedirla, rezando porque pudiera notar mi agradecimiento de alguna forma. Miré mi reloj y me di cuenta de que la tutoría de Rosa estaba a punto de empezar, y como sabía que no tenía prisa me dirigí hasta la facultad andando tranquilamente, mirando al cielo mientras pensaba detenidamente qué podría decirle. Tal vez no era buena idea declararme de golpe, pero hablar más con ella y estar a solas probablemente mejoraría mi situación. Probablemente.

Fui directo al despacho del profesor Iglesias tras confirmar cuál era en secretaría, ya que recordaba el número vagamente. Subí tranquilamente las escaleras y ya en el pasillo pude ver a un chico esperando en un banco, muy cerca de la puerta. No pude evitar quedarme mirándole mientras avanzaba a su posición, ya que él no hacía nada por disimular una mirada altamente sorprendida, como si no esperara verme allí, aunque yo no creía conocerle de nada.

‘Disculpa, ¿has visto a una chica salir de este despacho? Es… Morena, con el pelo rizado, y lleva una mochila azul y blanca.’
Tardó unos segundos en responder, hablando algo confuso ‘no, aún no ha salido nadie de aquí.’
‘¿Tienes una tutoría?’ Me aventuré a preguntar, si la tenía después de Rosa, podía saber a qué hora terminaría.
‘No… No exactamente.’
Y sin decir nada más apartó la vista. Me sorprendió un poco su reacción, por lo que no pude evitar empezar a examinarle de reojo. La verdad es que no le conocía de absolutamente nada, y eso era raro. Tras tanto tiempo en la facultad las caras se iban haciendo familiares, y aunque a mucha gente no la conocieras la habías visto en alguna que otra ocasión. Terminé deduciendo que no era de la facultad, así que la única opción que me quedaba es que estuviera esperando a alguien, pero, siendo por la tarde, en los despachos no quedaba ni un alma, únicamente Rosa tras aquella puerta.
‘Oye, disculpa, ¿estás…?’
Siempre había pensado que esas cosas solo pasaban en las películas, el hecho de ir a preguntar algo importante y que, por arte de magia, algo interrumpiera. El chico se disculpó y cogió su móvil, que había empezado a vibrar en el banco, produciendo un pequeño zumbido.
‘¿Sí? Ah, hola, ¿qué tal?... Pues aquí ando, en la facultad… Sí, hoy me tuve que quedar un rato más, por una tontería en realidad, ahora volveré a casa supongo, ¿por?... Ah, qué casualidad…’ Llamadme loco, pero en su cara pude leer a la perfección ya es casualidad, joder ‘Pues no sé qué decirte, porque aún me queda un rato… ¿Has llegado ya? Es que me sabe mal que estés esperando’ Por un momento la persona al otro lado del teléfono me dio pena, ya que estaba siendo plantada como quien no quiere la cosa ‘mira, mejor márchate ya si aún estás cerca del metro, porque lo mismo estoy cinco minutos que media hora… Ya hablamos, hasta luego…’
La conversación parecía haber dejado agotado a mi compañero de banco, que resopló y se estiró, echando la cabeza hacia atrás mientras subía una mano para pasársela por el pelo, como si hubiera olvidado que estaba acompañado. Decidí darle unos instantes de tranquilidad, por no asustarle con mi presencia.
‘Discúlpame’ dijo él aún con la cabeza echada hacia atrás ‘¿querías preguntarme algo?’
Me pareció de muy mala educación que permaneciera en aquella pose, hablándome sin mirarme, por lo que permanecí en silencio hasta que se colocó bien, con la mirada confusa.
‘No era nada, pensé que igual conocías a Rosa, la chica que está dentro, pero creo que no.’
No me hizo falta su expresión sorprendida al mencionar el nombre de Rosa para saber su respuesta, hacía un rato ya que me había dado cuenta de que la esperaba a ella. Incluso había intuido que había dado plantón por ella.
‘No, bueno… En realidad no, pero…’
Aquello me sorprendió, ya que esperaba una negativa rotunda por su parte y que se hiciera el tonto y luego se fuera, pero no fue así.
‘¿La conoces o no?’
‘La conozco, pero no somos amigos ni nada así, tal vez no somos ni conocidos.’
‘Pues conocido suyo sí que serás, si no dudo mucho que la estuvieras esperando con tanto interés.’

Algún día, dentro de muchos años, podré contarles a mis nietos como en aquel momento me vine arriba, literalmente, ya que me levanté del banco. Yo, que había sido siempre una persona tranquila y calmada que no levantaba la voz ni cuando le daban un pisotón me había levantado de un golpe y había levantado la voz a aquel completo desconocido. ¿Qué me había pasado? Lo sabía, lo sabía y la rabia de conocerlo me hacía apretar los labios con fuerza. Me había cansado de escuchar a todos esos chicos de clase fijarse en ella cuando se había vuelto popular, me había dado rabia que alguno pudiera conquistarla y que yo no pudiera, después de casi tres años mirándola, y me había dado mucha más rabia pensar que un completo desconocido, alguien que decía no ser ni su conocido, pudiera fijarse en ella. No obstante el chico no parecía enfadado conmigo, pero antes de poder llegar a replicar escuchamos un chasquido que nos hizo girarnos en el sitio. La puerta del despacho se había abierto.

‘¿Has venido a una tutoría Felipe? Creo que no me avisaste, pero si es algo breve puedes decírmelo ahora, aunque tengo que marcharme...’
‘No, no era nada.’
Pensé que me pediría explicaciones, pero cuando le miré miraba fijamente a Rosa, que, a su vez, miraba al chico desconocido como con una mirada que no le había visto nunca: Rosa estaba enfadada.
Sé que suena extremadamente raro decir que no conocía a Rosa enfadada, pero así era. Ella jamás se enfadaba en clase, siempre tenía el semblante tranquilo, a veces sonreía y a veces estaba triste, pero de aquellas tres emociones no salía. El chico quiso decir algo, pero sus labios no parecían moverse, algo que también notó el profesor Iglesias.
‘Bueno, vámonos Rosa, te acerco, como te prometí’ con un gesto rápido cerró la puerta del despacho y guardó la llave en su bolso ‘hasta luego chicos’ dijo el profesor antes de darse media vuelta.

Pensé en aquel instante que Rosa se quedaría con nosotros y le dejaría marcharse, pero como si fuera un suspiro se apresuró a bajar los escalones tras él, sin darnos tiempo a reaccionar. Únicamente cuando perdí de vista su figura el chico se giró hacia mí, con media sonrisa.
‘Yo no puedo hacer mucho, a fin de cuentas… No somos ni conocidos, pero suerte para ti, creo que la vas a necesitar.’
No le dije nada, simplemente fui hacia las escaleras yo también, dejando al chico allí con su móvil, que había vuelto a vibrar y cuyo zumbido llegaba hasta el final del pasillo.

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Un mal día, segunda parte.



Menuda mierda de mañana Álvaro cómo no voy a estar hasta los cojones si encima de que el metro iba lento una tía me empuja y va la subnormal y se echa el café encima mira me duele haberme quedado sin desayuno y haber pagado tres euros para nada pero eso le pasa por estúpida a ver ahora cómo disimula la mancha en el abrigo blanco’ y así, sin coger aire, cerró la boca y volvió a mirar su iPhone.
Estefanía no era una chica que destacara ni por su belleza ni por su inteligencia, es más, en lo que respecta a esto último era bastante mediocre, pero en aquel momento sentí el impulso de aplaudirla: cualquier persona con tal capacidad pulmonar merecía ser aplaudida alguna vez en la vida. Después de aquello nos despedimos y me guiñó el ojo, y entonces olvidé, así, de golpe, por qué había tenido ganas de aplaudirla.
Aquella anécdota me dejó pensativo durante un rato: ¿Por qué iba nadie a empujar a Estefanía a costa de ensuciarse? Era algo que no tenía sentido, por lo que probablemente la pobre chica no tendría culpa ninguna. No obstante entonces llegó Miguel y dejé el asunto de lado.

Aquel día no estaba siendo nada del otro mundo: Como cada día la suerte me sonreía  y todo me salía perfecto, lo que me hacía recordar la cara de envidia de mis amigos mientras me golpeaban en la espalda y decían: “pero mira que tiene suerte el cabrón”. No recordaba lo que era tener un mal día, ya que hacía mucho que no tenía uno, pero la perfección estaba consiguiendo aburrirme, tanto que incluso hacía cosas mal esperando ver consecuencias, algo que no sucedía nunca.
Durante mi segunda clase sentí el móvil vibrar en mi bolsillo, pero preferí no mirarlo hasta salir del aula, ya que sabía quién era: Catalina. La había conocido hacía un par de semanas en la biblioteca, cuando había salido a ligar con Miguel. ¿Y qué hacía yo ligando en una biblioteca? Siempre era más interesante así, ya que las posibilidades de encontrarte con gente como Estefanía eran nulas. La chica se había sorprendido de cómo le entramos, pero había terminado decantándose por mí, como era de esperar. Después de aquello habíamos quedado varias veces, y también habíamos hablado mucho por whatsapp, y, como era lógico, la chica se había enamorado de mí. Sentí un escalofrío la primera vez que me dijo “tú no eres como los demás”, y cuando en una cita me soltó, sin venir a cuento, “es que yo nunca he besado a nadie” ya supe que había ligado con la persona incorrecta. No es que no me gustaran las chicas inocentes, pero aquella responsabilidad me iba muy grande, ya que yo no iba con la intención de tener una relación con nadie. Sí, me gustaba salir con chicas, pero para divertirme y no llegar a nada serio, y aunque puede parecer que lo único que busco sea un “aquí te pillo, aquí te mato” eso está bastante lejos de la realidad: Yo solo quería salir con chicas interesantes, hablar con ellas y tener algo que hacer los fines de semana aparte de quedar con mis amigos. No obstante con esta chica me había salido mal la jugada: Se había colgado de mí, yo era su “primer amor” e iba a hacerla daño. La idea de romperle el corazón me atormentó durante un par de días hasta que decidí hablarlo con Marina, una compañera de clase. Ella, lejos de sorprenderse, se encogió de hombros y me dijo que fuera sincero y que si se enfadaba conmigo me estaba merecido, que ya iba siendo hora de que tuviera un poco de mala suerte. Pero, como ya he dicho, eso de tener mala suerte no es algo tan sencillo: Sí, fui sincero con ella de la manera más cortés que pude, pero ella lejos de enfadarse conmigo me agradeció mi sinceridad y dijo que quería que fuéramos amigos, que tal vez así, algún día, llegaría a tener sentimientos románticos y podríamos ser novios.

‘No me puedo creer que no se enfadara contigo’ dijo Marina alzando una ceja ‘yo soy ella, y no querría juntarme con un tío que me da falsas esperanzas y luego recula cuando le abro mi corazón.’
‘¿Enfadarse?’ preguntó Laura terminando de comer ‘¿Quién?’
Tras eso me dediqué a contarle la historia a todas aquellos que la desconocían. Estaba comiendo con Marina, Lorena, Susana y Miguel y las dos últimas chicas no tenían ni idea de lo que sucedía.
Laura fue la primera en responder: ‘Espera un momento, ¿tú ligas en la biblioteca? ¿En serio?’
‘¿Qué tiene de raro? Es lo mejor si no quieres encontrar chicas como Estefanía’ dijo Miguel, y no pudimos evitar reír.
‘Yo pensaba que tú eras más… Normal, no sé.’
‘Pues eso no es lo más raro que ha hecho, créeme’ Marina, con su habitual expresión escéptica, contó lo que yo esperaba que contara ‘normalmente va a la biblioteca y liga dejándole una notita a las chicas en las que les pone que tienen una mirada preciosa, no sé cómo nadie puede caer ante eso.’
‘Pues caen, las chicas sois más fáciles de lo que os creéis’ en ese instante, mi orgullo habló por mí.
‘Dices que no encuentras chicas como Estefanía, pero cualquiera que caiga ante eso tiene que ser peor’ añadió Laura parpadeando ‘no me creo que eso te funcione.’
‘Pues funciona, y créeme, casi siempre, a menos que la chica tenga novio, claro…’
‘No me lo creo’ repitió Laura con sus enormes ojos abiertos mirándome ‘si no lo veo, no lo creo.’
‘Qué buena idea acabas de tener’ la expresión escéptica de Marina dejó paso a una sonrisa ‘iremos contigo a la biblioteca a verificarlo, esta tarde, cuando salgamos de clase.’
‘Bueno, si insistís…’
‘¡Pero elegiremos nosotras a la chica!’
‘Más os vale no elegirme a ningún bicho feo, ¿eh?’
‘Al contrario, mientras más guapa mejor, así hay más posibilidades de que te rechace’ añadió Susana, que hasta el momento había permanecido en silencio ‘pero yo no puedo ir, trabajo, espero que luego me contéis cómo salió’
‘Yo ya he visto demasiadas veces cómo triunfa esa técnica, prefiero ir a casa a terminar mi trabajo de ficción.’ Añadió Miguel, que también había permanecido en silencio.
Tras eso quedó decidido: A las cinco nos encontraríamos frente a la facultad de derecho para aquel “experimento”, ya que yo había estipulado que no sería en la de periodismo: Ahí era donde había conocido a Catalina y no quería tener posibilidad alguna de encontrármela.

Yo fui el primero en llegar a la puerta y, sentándome en los escalones de piedra, esperé a que llegaran Marina y Laura, que habían tenido clase más lejos. No salía mucha gente del edificio, por lo que me fijaba en casi todo el mundo, con curiosidad; la mayoría eran niñas pijas, pero finalmente vi como un grupo de chicos bastante normales salió. No pude evitar fijarme en un chico con el pelo más largo que iba como un zombi, la mayoría de sus compañeros le gastaban bromas e intentaban hacerle reír, pero era inútil. “Si no quieres que la cosa siga así, haz algo de una santa vez, ni que tuvieras dos años” terminó diciendo una chica alta muy enfadada “Rosa jamás se fijaría en un cobarde como tú”. Ante aquello no solo se sorprendieron los involucrados en la conversación, yo también me llevé una mano a la boca, pero no llegué a escuchar nada más: Marina y Laura llegaron a mi posición y aquel grupo de personas se marchó, por lo que no pude evitar desearle suerte en silencio a aquel pobre muchacho que no parecía capaz de declarar su amor.

El plan fue claro y muy conciso, ya que las chicas lo habían venido discutiendo de camino a la facultad: Primero entrarían ellas y se sentarían cerca de la elegida, pero de forma que ella no las viera, cuando hubieran pasado unos minutos de cortesía me mandarían un mensaje con los datos de la chica para que pudiera sentarme delante de ella sin equivocarme. No tuve que esperar más que diez minutos a que el mensaje llegara con toda la información: “Entra en la biblioteca y dirígete al fondo, está sentada al lado de las ventanas y no hay mucha gente, por lo que te será fácil verla, pero por si acaso es la que lleva el pelo negro rizado recogido con una pinza y lleva una camisa celeste, tiene varios libros en la mesa y un estuche de un búho”. Por un momento sentí cierta emoción de tener que hacer aquello, era como un juego de niños, un busca el tesoro. Respiré hondo para relajarme y entré a la biblioteca, yendo directamente a donde me decían mientras miraba a mi alrededor. No me iba a hacer falta disimular, ya que la chica que me habían dicho estaba tan inmersa en su libro que no pareció verme llegar. Me senté delante de ella y saqué algunos ejercicios para hacer, ya que tenía que ser natural, y la miré varias veces esperando que se fijara en mí, cosa que no sucedió. Mi orgullo estaba realmente herido, y pensar que aquel fracaso estaba siendo observado no mejoró mi humor. De esa forma, inspirando profundamente, intenté toser un poco para ver si la chica se fijaba en mí. No me salió muy natural, tengo que admitirlo, pero cumplió su cometido. Los ojos negros de la chica se clavaron en los míos y sentí que me atravesaban el alma. Suspiró y volvió a fijar la vista en su libro, pero yo no pude evitar quedarme mirándola unos segundos más, hasta que decidí apartar la vista.

Acababa de descubrir lo que era la belleza de verdad: Aquella chica no tenía ningún rasgo especialmente espectacular, pero, sin lugar a dudas, era guapa. Tenía belleza porque se había aceptado tal cual era, sabía cómo era y no tenía intención alguna de ocultarse tras una densa capa de maquillaje; era la típica chica que se cuida por sí misma, no para que los demás la admiren. Probablemente la típica chica que en casa se cuidaba con cremas pero, antes de ir a clase, apenas prestaba atención a su pelo. Sus ojos negros eran grandes, no tan grandes como los de Laura, pero brillantes y tristes, muy tristes. Sus largas pestañas se reflejaban en su iris mientras sus pupilas no dejaban de mirar al libro, como si estuvieran sedientas de conocimiento. En lo que se refiere a su cara, como he dicho antes, no tenía ningún rasgo especialmente espectacular, pero tenía algo que la hacía espectacular. Sobre su cuerpo no puedo hablar mucho,  recordemos que únicamente la veía de cintura para arriba, pero era sencilla y ningún collar caía por sus marcadas clavículas. Su pelo negro había sido recogido en una pinza, pero era obvio que había sido algo rápido, probablemente para estar más cómoda estudiando. La miré una y otra vez, pero en rara ocasión me devolvió ella la mirada, y finalmente terminé encontrándome a mí mismo deseoso de que aquellas pupilas se fijaran en mí. En aquel instante por el rabillo del ojo vi a mis compañeras y me di cuenta de que, por muy guapa que fuera, aquello era un experimento y tenía que seguir adelante. Cogí un trozo de folio y no tardé en escribir “Disculpa la insolencia, pero tenía que decírtelo: Creo que tienes una mirada realmente preciosa.”
Sus ojos, aparte de tristes, eran realmente expresivos, y pude ver cómo pasaban del enfado a la sorpresa en cuestión de segundos, terminando en la incredulidad. Estiró la mano y pude ver bien las uñas perfectamente recortadas y limpias intentar alcanzar la nota, pero se la quité de su alcance, bajando la vista. No sé cómo reaccionó a mi movimiento, pero no escuché que hiciera nada, por lo que imaginé que había vuelto a su libro. La siguiente vez que nuestros ojos se encontraron le sonreí, pero ella apartó la mirada, molesta. El plan no parecía funcionar, así que pasé a la siguiente fase.

¿Puedo preguntarte tu nombre? Creo que no podré estar tranquilo sin saberlo” fue lo que escribí en la siguiente nota. Esta vez la miró enfadada y no se molestó en acercársela. A continuación comenzó a apuntar algo en un post-it y lo pegó en el libro que leía, para luego pasar a otra sección y repetir el proceso, marcando con lápiz, muy suavemente, un par de líneas. Continuó trabajando en el libro durante lo que imaginé que serían unos veinte minutos, o tal vez fueron más, hasta que finalmente cogió mi nota. “Esto es una broma, ¿verdad? No sé qué haces aquí, siquiera eres de esta facultad, pero si has venido a molestar, ya puedes irte.” Aquella nota me atravesó, pero no tanto como la mirada que la acompañaba. Sabía que mi libro de psicolingüística terminaría delatándome, pero no esperaba una reacción así, o, mejor dicho, jamás nadie había reaccionado así. La miré durante unos minutos más y pude ver cómo aquella mirada irritada volvía a la normalidad, a aquella tristeza que parecía inseparable a su existencia. Miré a mí alrededor y, viendo que no había nadie a quien pudiéramos molestar, me levanté y me senté a su lado, lo que pareció alterarla.

‘Lo siento’ dije muy bajo, apoyando el brazo en la mesa ‘no era mi intención molestarte’.
‘¿Qué quieres?’ un brillo receloso recorrió su mirada ‘si vienes a burlarte de mí, ya puedes marcharte.’
Entonces me di cuenta: Ella no sabía cómo era. Ella no era consciente de su belleza porque lo que precisamente había hecho era abrazar su fealdad como algo innato a su persona. Ella había dejado de intentar ser guapa y eso era lo que la había cambiado, el preciso instante en el que dejó de intentarlo, metamorfoseó como una mariposa: Se hizo mujer. Ella se cuidaba por inercia probablemente, por aquella ilusión que tuvo algún día de que la miraran como se miraba a las personas guapas, porque, nos guste o no admitirlo, no miramos igual a unas personas que a otras. Y por mucho que podamos admirar a una persona, nuestros ojos no engañan. Ella había prometido no fijarse nunca más en los ojos que la miraban y de esta forma se había cegado a sí misma, había renunciado a la felicidad a cambio de no hacerse más daño. Quise abrazarla, pero tuve que contenerme.
‘No quiero burlarme de ti’ dije de la manera más sincera que pude, pese a que ya no me miraba ‘me llamo Álvaro y es verdad que no soy de aquí, soy de Filología, pero vine para cambiar de aires y no pude evitar fijarme en ti, me pareciste simpática’ en aquel instante quise decir muchas otras cosas pero sabía que decirle lo guapa que era no serviría de nada.
Quedó unos instantes en silencio y luego alzó la vista para mirarme, sin cambiar su expresión triste ‘me llamo Rosa, encantada de conocerte’.
Rosa jamás se fijaría en un cobarde como tú” dijo la voz de aquella chica alta en mi mente. ¡Já! ¡Por supuesto que no! ¡Rosa no podía fijarse en nadie! Entonces intenté calmarme, ¿cuántas Rosas podía haber en aquella facultad? Muchas, sin lugar a dudas. Sacudí la cabeza y llegué a la conclusión de que lo mejor era no dar por hecho que eran la misma persona.

En aquel momento mi plan se fue al traste. Había conseguido que la chica me dijera su nombre y no me viera como una amenaza cuando Laura y Marina vinieron tras de mí, sin darme tiempo a reaccionar.
‘Perdona si te ha molestado este chico’ dijo Marina ‘le pusimos a prueba para que intentara ligar con alguien con el método ese de la notita y ya hemos visto que no lo ha conseguido, esto le servirá de lección’.
En ese instante Rosa se levantó de su silla y comenzó a guardar todas sus cosas muy tranquilamente, y, al terminar, se echó la mochila a la espalda.
‘Gracias por haber terminado de estropearme el día, Álvaro, espero que tengas más suerte la próxima vez que molestes a alguien.’
Y diciendo eso se marchó de la biblioteca, dejándonos a todos atónitos.
‘¿Lo habías conseguido?’ Preguntó Laura.
‘Sí’ y, sin decir nada más, comencé a recoger yo también mis cosas.
‘Lo siento, pensamos que estabas en apuros y creímos que lo mejor era rescatarte’ dijo Marina con el gesto torcido.
‘Da igual, voy a intentar alcanzarla para disculparme’.

Tuve que preguntar a un conserje si había visto pasar a una chica con una mochila azul y blanca para saber que no había salido a la calle, si no que se había metido por un pasillo. Cuando por fin la vi, a lo lejos, decidí seguirla en silencio hasta que se detuviera para entonces poder disculparme pero, para mi sorpresa, al llegar a una puerta –aparentemente de un despacho– llamó y luego entró en su interior, cerrando a su paso. Me acerqué despacio hasta la puerta y leí el cartel: “Prof. Bermúdez y Prof. Iglesias”. Probablemente tendría una tutoría, por lo que opté por abordarla cuando saliera de ella.

Acababa de sentarme en un banco del pasillo cuando escuché a alguien subir por las escaleras. Para mi sorpresa, no era otro que el chico de pelo largo.
‘Disculpa, ¿has visto a una chica salir de este despacho? Es… Morena, con el pelo rizado, y lleva una mochila azul y blanca.’

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