No tenía muy claro
en qué punto de la carrera me había enamorado total e irremediablemente de
Rosa. Un día me fijé en ella, en primero, y entonces me di cuenta de que la
tenía en casi todas las asignaturas, casi como si nos hubiéramos puesto de
acuerdo. No hablábamos y a veces me sorprendía a mí mismo mirándola, sin saber
muy bien por qué. Era una chica solitaria y en más de una ocasión había tenido
oportunidad de acercarme a ella para saludarla, pero no lo había hecho, y
tampoco sabía por qué. En segundo volví a encontrármela en casi todas partes,
como si más que una persona fuera un fantasma que me perseguía, y antes de
finalizar el año, mientras yo presentaba un proyecto, vi que me sonreía y desde
aquel momento dejé de disimular mis miradas. Pese a que mis movimientos a veces
eran muy obvios nadie pareció darse cuenta de mi atracción por ella, y gracias
a ello pude seguir observándola sin ser objeto de burla. Me gustaba
dejar el abrigo al lado del suyo en el perchero, con el fin de encontrarla allí
a la salida y poder hablarle, pero siempre era más rápida que yo: cuando me
quería dar cuenta había cogido su abrigo y había desaparecido. ‘Creo que voy a sentarme en primera fila,
desde que llevo gafas no veo muy bien’ me había dicho una compañera, y yo
no podía haber evitado animarla para hacerlo; desde que se sentaba allí iba a
hablar más a menudo con ella que de costumbre, esperando que Rosa me mirara. Y
finalmente me miró. Un día en clase nuestras miradas se cruzaron e intenté
sonreírle como ella me había sonreído a mí, algo que la dejó muy confusa.
No empezamos a
hablar inmediatamente, pero noté que sus movimientos se habían ralentizado.
Ahora no cogía su abrigo tan rápido como antes, como si esperara a que yo
dijera algo, pero entonces comencé yo a hacer las cosas a su anterior ritmo,
embargado por una vergüenza que no sabía muy bien de dónde salía. Ella,
sorprendida, me miraba en muchas ocasiones, y yo no podía evitar mirar hacia
otro lado, aunque no tardó en cansarse de esperarme y terminó volviendo a su
ritmo habitual. Quizás fue aquello lo que hizo que nos conociéramos, teníamos
que estar en el mismo nivel y nunca éramos capaces de alcanzarlo, pero ahora,
estando yo estancado en mi vergüenza y en mi escapismo, me había dado de bruces
con ella; bueno, tal vez no de bruces, pero sí de una manera bastante idílica,
algo que parecía sacado de una mala película romántica. La escena no es difícil
de imaginar: yo bajando unas escaleras mecánicas y ella subiendo por otras
contiguas a las mías. Abrí mucho los ojos al verla allí, lejos de la
universidad, y ella me sonrió y me saludó con la mano. Apenas fui capaz de
sonreír un instante, ya que lo siguiente que hice fue correr al autobús,
refugiándome en el último asiento, hecho un manojo de nervios.
Y entonces
empezamos a hablar, aunque debo de confesar que no fue gracias a mí. Ella a
veces me veía caminando hacia la facultad y aceleraba su paso para alcanzarme.
Entonces, por norma general, me preguntaba cualquier cosa y se quedaba callada, y de esa forma
continuábamos el camino así, en completo silencio. Poco a poco ella había
dejado de ser la chica solitaria en la que me había fijado por primera vez y
ahora siempre tenía a alguien con quien
hablar, por lo que encontrarla a solas me era muy difícil, además no era
rara la ocasión en la que veía a alguien comentando lo guapa que estaba con una
ropa o peinado determinado, algo que me parecía realmente injusto. “Pero yo la
vi primero” decía una vocecita en mi cabeza, y tenía que luchar por acallarla,
ya que me parecía un comentario realmente infantil y egoísta.
¿Cómo llegamos a
este punto de la historia? Eso sí que lo sé, es de lo poco que recuerdo con
pelos y señales, como si me acabara de suceder. Sucedió un día en el que tuve
que comer solo, y, puedo asegurar que sin haberlo planeado, no me quedó más
remedio que sentarme con Rosa, ya que no había ninguna otra mesa libre.
Personalmente habría preferido no estar con ella, ya que el hecho de que me
viera comer me resultaba vergonzoso, y no sabía cómo moverme exactamente para
que no pensara de mí que era una persona sin modales. No obstante ella no
parecía fijarse en mí, me había saludado, pero nada más. Continuamos comiendo y
cuando estaba a punto de terminar la encontré mirándome, pero no mirándome a la
cara, no, mirándome las manos. Al percatarse de que me había dado cuenta de su
mirada indiscreta me miró a los ojos y sonrió un poco incómoda, sin saber bien
qué decir. ‘Es que nunca me había fijado
en tus manos y las tienes muy bonitas, y perdóname, sé que suena raro…’
suspiró y apartó la mirada, colocando los cubiertos en la bandeja. Aquello fue
lo que hizo que terminara de enamorarme, supongo, ya que probablemente ya estaba
muy enamorado en ese punto. Nunca había recibido ningún cumplido por mis manos,
al contrario, los hombres se burlaban de mí por tenerlas “muy femeninas” y las
chicas no podían evitar reírse y decirme que “no me pegaban”, pero Rosa no, a
ella le habían parecido realmente bonitas, y podía saberlo porque en su mirada
había visto la vergüenza de confesar una verdad incómoda.
“Rosa jamás se
fijaría en un cobarde como tú”. Por más vueltas que le diera a lo que acababa
de decir Marina no podía evitar pensar que, en realidad, tenía toda la razón
del mundo. Ella ya se había ralentizado en una ocasión para que pudiera hacer
lo que creyera conveniente y yo, para variar, había desaprovechado la
oportunidad. Ahora únicamente podía intentar alcanzarla, aunque ya no fuera tan
fácil. Rosa sabía lo que pasaba su alrededor, no era tonta, y como si tuviera
un sexto sentido era capaz de saber quién hablaba mal de ella, gente a la que
luego solía evitar a toda costa. Y yo… Yo era “amigo” de ese tipo de gente, de
la gente que despreciaba a Rosa sin razón alguna, gente que, cuando me veía con
ella, me recomendaba mantenerme al margen.
‘¿Felipe?’ Dijo
una voz a mis espaldas cuando ya habíamos pasado la facultad de periodismo.
Me giré al
reconocer la voz: no era otra que Catalina, que me saludaba con la mano para
que la viera acercarse. La verdad es que ya no me apetecía ir al Lizarrán, y
menos con Marina, que parecía odiarme profundamente, por lo que usé a Catalina
como excusa para despedirme del resto de mis compañeros, diciendo que ya
quedaríamos en otro momento.
‘Parece mentira
que, viviendo tan cerca, hiciera por lo menos más de dos meses que no te veía.’
‘Pero eso es
porque sabes que me encanta madrugar, y tú ahora por las mañanas trabajas, ¿no?’
‘Cierto, pero sea
como sea, me alegro de verte, ¿vuelves a casa? Te acompaño, yo he terminado por
hoy, así que estoy disponible para que me cuentes cómo te va la vida.’
No sé cómo lo
hizo, pero antes de llegar al metro nos habíamos terminado deteniendo para
hablar más tranquilamente en un banco, ya que poco a poco Catalina me lo estaba
sacando todo. Me había llevado siempre muy bien con ella, desde pequeños, pero
nunca me había atrevido a contarle nada íntimo. Esta vez me escuchó muy
atentamente, con las manos sobre el regazo y la mirada perdida en los árboles
de la acera de enfrente.
‘Al menos tú
tienes más esperanza que yo.’ Fue lo primero que dijo cuando terminé mi relato
(terminando, lógicamente, en lo que me acababa de suceder hacía un instante).
‘¿Más que tú? ¿Por
qué dices eso?’
‘Yo me he
enamorado de un chico que no quiere nada conmigo, y lo peor es que me lo ha
dicho, por lo que no es que yo esté muy pesimista ni nada así.’
‘Pues no sé cómo
no podría querer nada contigo, eres una chica encantadora, y no te lo digo
porque seas mi amiga de toda la vida…’
‘No, pero
volviendo a tu tema, que es el que nos importa ahora mismo, creo que tienes
esperanzas con ella, ¿tú no piensas así?’
‘¿Por qué debería
tener esperanza?’
‘En primer lugar,
porque no te has declarado y no te ha rechazado, cuando te rechace ya podrás
olvidar el tener esperanza y todo lo que tú quieras, pero de momento…’
‘¿Y sus acciones?’
‘Hablan por sí
solas, si no quisiera hablar contigo tal vez no te alcanzaría cuando os
encontráis por la mañana, ¿no lo has pensado? Yo si no quiero hablar con
alguien, dejo que camine delante de mí para no encontrarnos.’
‘Ya, pero, ¿y la
gente con la que me voy? Creo que no quiere hablar conmigo por eso.’
Catalina se
encogió de hombros y me miró muy seria, sin decir nada, a los pocos segundos se
levantó del banco de piedra y se estiró, colocándose el bolso correctamente.
‘Voy a ir a verla,
¿quieres acompañarme? Para verla al menos.’
‘Quita, quita, no
te conviene enredar más el asunto, con que estéis los dos solos es suficiente.’
Tras eso se
despidió de mí con una sonrisa y no pude siquiera darle las gracias por haberme
escuchado y haberme dado el valor necesario para dar media vuelta; me limité a
despedirla, rezando porque pudiera notar mi agradecimiento de alguna forma. Miré
mi reloj y me di cuenta de que la tutoría de Rosa estaba a punto de empezar, y
como sabía que no tenía prisa me dirigí hasta la facultad andando
tranquilamente, mirando al cielo mientras pensaba detenidamente qué podría
decirle. Tal vez no era buena idea declararme de golpe, pero hablar más con
ella y estar a solas probablemente mejoraría mi situación. Probablemente.
Fui directo al
despacho del profesor Iglesias tras confirmar cuál era en secretaría, ya que
recordaba el número vagamente. Subí tranquilamente las escaleras y ya en el
pasillo pude ver a un chico esperando en un banco, muy cerca de la puerta. No
pude evitar quedarme mirándole mientras avanzaba a su posición, ya que él no
hacía nada por disimular una mirada altamente sorprendida, como si no esperara
verme allí, aunque yo no creía conocerle de nada.
‘Disculpa, ¿has
visto a una chica salir de este despacho? Es… Morena, con el pelo rizado, y lleva
una mochila azul y blanca.’
Tardó unos
segundos en responder, hablando algo confuso ‘no, aún no ha salido nadie de
aquí.’
‘¿Tienes una
tutoría?’ Me aventuré a preguntar, si la tenía después de Rosa, podía saber a
qué hora terminaría.
‘No… No exactamente.’
Y sin decir nada
más apartó la vista. Me sorprendió un poco su reacción, por lo que no pude
evitar empezar a examinarle de reojo. La verdad es que no le conocía de
absolutamente nada, y eso era raro. Tras tanto tiempo en la facultad las caras
se iban haciendo familiares, y aunque a mucha gente no la conocieras la habías
visto en alguna que otra ocasión. Terminé deduciendo que no era de la facultad,
así que la única opción que me quedaba es que estuviera esperando a alguien,
pero, siendo por la tarde, en los despachos no quedaba ni un alma, únicamente
Rosa tras aquella puerta.
‘Oye, disculpa,
¿estás…?’
Siempre había
pensado que esas cosas solo pasaban en las películas, el hecho de ir a
preguntar algo importante y que, por arte de magia, algo interrumpiera. El
chico se disculpó y cogió su móvil, que había empezado a vibrar en el banco,
produciendo un pequeño zumbido.
‘¿Sí? Ah, hola,
¿qué tal?... Pues aquí ando, en la facultad… Sí, hoy me tuve que quedar un rato
más, por una tontería en realidad, ahora volveré a casa supongo, ¿por?... Ah,
qué casualidad…’ Llamadme loco, pero en su cara pude leer a la perfección ya es casualidad, joder ‘Pues no sé qué
decirte, porque aún me queda un rato… ¿Has llegado ya? Es que me sabe mal que
estés esperando’ Por un momento la persona al otro lado del teléfono me dio
pena, ya que estaba siendo plantada como
quien no quiere la cosa ‘mira, mejor márchate ya si aún estás cerca del
metro, porque lo mismo estoy cinco minutos que media hora… Ya hablamos, hasta
luego…’
La conversación
parecía haber dejado agotado a mi compañero de banco, que resopló y se estiró,
echando la cabeza hacia atrás mientras subía una mano para pasársela por el
pelo, como si hubiera olvidado que estaba acompañado. Decidí darle unos
instantes de tranquilidad, por no asustarle con mi presencia.
‘Discúlpame’ dijo
él aún con la cabeza echada hacia atrás ‘¿querías preguntarme algo?’
Me pareció de muy
mala educación que permaneciera en aquella pose, hablándome sin mirarme, por lo
que permanecí en silencio hasta que se colocó bien, con la mirada confusa.
‘No era nada,
pensé que igual conocías a Rosa, la chica que está dentro, pero creo que no.’
No me hizo falta
su expresión sorprendida al mencionar el nombre de Rosa para saber su
respuesta, hacía un rato ya que me había dado cuenta de que la esperaba a ella.
Incluso había intuido que había dado plantón por ella.
‘No, bueno… En
realidad no, pero…’
Aquello me
sorprendió, ya que esperaba una negativa rotunda por su parte y que se hiciera
el tonto y luego se fuera, pero no fue así.
‘¿La conoces o
no?’
‘La conozco, pero
no somos amigos ni nada así, tal vez no somos ni conocidos.’
‘Pues conocido
suyo sí que serás, si no dudo mucho que la estuvieras esperando con tanto
interés.’
Algún día, dentro
de muchos años, podré contarles a mis nietos como en aquel momento me vine arriba, literalmente, ya que me
levanté del banco. Yo, que había sido siempre una persona tranquila y calmada
que no levantaba la voz ni cuando le daban un pisotón me había levantado de un
golpe y había levantado la voz a aquel completo desconocido. ¿Qué me había
pasado? Lo sabía, lo sabía y la rabia de conocerlo me hacía apretar los labios
con fuerza. Me había cansado de escuchar a todos esos chicos de clase fijarse
en ella cuando se había vuelto popular, me había dado rabia que alguno pudiera
conquistarla y que yo no pudiera, después de casi tres años mirándola, y me
había dado mucha más rabia pensar que un completo desconocido, alguien que
decía no ser ni su conocido, pudiera fijarse en ella. No obstante el chico no
parecía enfadado conmigo, pero antes de poder llegar a replicar escuchamos un
chasquido que nos hizo girarnos en el sitio. La puerta del despacho se había
abierto.
‘¿Has venido a una
tutoría Felipe? Creo que no me avisaste, pero si es algo breve puedes decírmelo
ahora, aunque tengo que marcharme...’
‘No, no era nada.’
Pensé que me
pediría explicaciones, pero cuando le miré miraba fijamente a Rosa, que, a su
vez, miraba al chico desconocido como con una mirada que no le había visto
nunca: Rosa estaba enfadada.
Sé que suena
extremadamente raro decir que no conocía a Rosa enfadada, pero así era. Ella
jamás se enfadaba en clase, siempre tenía el semblante tranquilo, a veces
sonreía y a veces estaba triste, pero de aquellas tres emociones no salía. El
chico quiso decir algo, pero sus labios no parecían moverse, algo que también
notó el profesor Iglesias.
‘Bueno, vámonos
Rosa, te acerco, como te prometí’ con un gesto rápido cerró la puerta del
despacho y guardó la llave en su bolso ‘hasta luego chicos’ dijo el profesor
antes de darse media vuelta.
Pensé en aquel
instante que Rosa se quedaría con nosotros y le dejaría marcharse, pero como si
fuera un suspiro se apresuró a bajar los escalones tras él, sin darnos tiempo a
reaccionar. Únicamente cuando perdí de vista su figura el chico se giró hacia
mí, con media sonrisa.
‘Yo no puedo hacer
mucho, a fin de cuentas… No somos ni conocidos, pero suerte para ti, creo que
la vas a necesitar.’
No le dije nada,
simplemente fui hacia las escaleras yo también, dejando al chico allí con su
móvil, que había vuelto a vibrar y cuyo zumbido llegaba hasta el final del
pasillo.
Read more...