Un mal día, tercera parte.



No tenía muy claro en qué punto de la carrera me había enamorado total e irremediablemente de Rosa. Un día me fijé en ella, en primero, y entonces me di cuenta de que la tenía en casi todas las asignaturas, casi como si nos hubiéramos puesto de acuerdo. No hablábamos y a veces me sorprendía a mí mismo mirándola, sin saber muy bien por qué. Era una chica solitaria y en más de una ocasión había tenido oportunidad de acercarme a ella para saludarla, pero no lo había hecho, y tampoco sabía por qué. En segundo volví a encontrármela en casi todas partes, como si más que una persona fuera un fantasma que me perseguía, y antes de finalizar el año, mientras yo presentaba un proyecto, vi que me sonreía y desde aquel momento dejé de disimular mis miradas. Pese a que mis movimientos a veces eran muy obvios nadie pareció darse cuenta de mi atracción por ella, y gracias a ello pude seguir observándola sin ser objeto de burla. Me gustaba dejar el abrigo al lado del suyo en el perchero, con el fin de encontrarla allí a la salida y poder hablarle, pero siempre era más rápida que yo: cuando me quería dar cuenta había cogido su abrigo y había desaparecido. ‘Creo que voy a sentarme en primera fila, desde que llevo gafas no veo muy bien’ me había dicho una compañera, y yo no podía haber evitado animarla para hacerlo; desde que se sentaba allí iba a hablar más a menudo con ella que de costumbre, esperando que Rosa me mirara. Y finalmente me miró. Un día en clase nuestras miradas se cruzaron e intenté sonreírle como ella me había sonreído a mí, algo que la dejó muy confusa.

No empezamos a hablar inmediatamente, pero noté que sus movimientos se habían ralentizado. Ahora no cogía su abrigo tan rápido como antes, como si esperara a que yo dijera algo, pero entonces comencé yo a hacer las cosas a su anterior ritmo, embargado por una vergüenza que no sabía muy bien de dónde salía. Ella, sorprendida, me miraba en muchas ocasiones, y yo no podía evitar mirar hacia otro lado, aunque no tardó en cansarse de esperarme y terminó volviendo a su ritmo habitual. Quizás fue aquello lo que hizo que nos conociéramos, teníamos que estar en el mismo nivel y nunca éramos capaces de alcanzarlo, pero ahora, estando yo estancado en mi vergüenza y en mi escapismo, me había dado de bruces con ella; bueno, tal vez no de bruces, pero sí de una manera bastante idílica, algo que parecía sacado de una mala película romántica. La escena no es difícil de imaginar: yo bajando unas escaleras mecánicas y ella subiendo por otras contiguas a las mías. Abrí mucho los ojos al verla allí, lejos de la universidad, y ella me sonrió y me saludó con la mano. Apenas fui capaz de sonreír un instante, ya que lo siguiente que hice fue correr al autobús, refugiándome en el último asiento, hecho un manojo de nervios.

Y entonces empezamos a hablar, aunque debo de confesar que no fue gracias a mí. Ella a veces me veía caminando hacia la facultad y aceleraba su paso para alcanzarme. Entonces, por norma general, me preguntaba cualquier cosa  y se quedaba callada, y de esa forma continuábamos el camino así, en completo silencio. Poco a poco ella había dejado de ser la chica solitaria en la que me había fijado por primera vez y ahora siempre tenía a alguien con quien  hablar, por lo que encontrarla a solas me era muy difícil, además no era rara la ocasión en la que veía a alguien comentando lo guapa que estaba con una ropa o peinado determinado, algo que me parecía realmente injusto. “Pero yo la vi primero” decía una vocecita en mi cabeza, y tenía que luchar por acallarla, ya que me parecía un comentario realmente infantil y egoísta.

¿Cómo llegamos a este punto de la historia? Eso sí que lo sé, es de lo poco que recuerdo con pelos y señales, como si me acabara de suceder. Sucedió un día en el que tuve que comer solo, y, puedo asegurar que sin haberlo planeado, no me quedó más remedio que sentarme con Rosa, ya que no había ninguna otra mesa libre. Personalmente habría preferido no estar con ella, ya que el hecho de que me viera comer me resultaba vergonzoso, y no sabía cómo moverme exactamente para que no pensara de mí que era una persona sin modales. No obstante ella no parecía fijarse en mí, me había saludado, pero nada más. Continuamos comiendo y cuando estaba a punto de terminar la encontré mirándome, pero no mirándome a la cara, no, mirándome las manos. Al percatarse de que me había dado cuenta de su mirada indiscreta me miró a los ojos y sonrió un poco incómoda, sin saber bien qué decir. ‘Es que nunca me había fijado en tus manos y las tienes muy bonitas, y perdóname, sé que suena raro…’ suspiró y apartó la mirada, colocando los cubiertos en la bandeja. Aquello fue lo que hizo que terminara de enamorarme, supongo, ya que probablemente ya estaba muy enamorado en ese punto. Nunca había recibido ningún cumplido por mis manos, al contrario, los hombres se burlaban de mí por tenerlas “muy femeninas” y las chicas no podían evitar reírse y decirme que “no me pegaban”, pero Rosa no, a ella le habían parecido realmente bonitas, y podía saberlo porque en su mirada había visto la vergüenza de confesar una verdad incómoda.

“Rosa jamás se fijaría en un cobarde como tú”. Por más vueltas que le diera a lo que acababa de decir Marina no podía evitar pensar que, en realidad, tenía toda la razón del mundo. Ella ya se había ralentizado en una ocasión para que pudiera hacer lo que creyera conveniente y yo, para variar, había desaprovechado la oportunidad. Ahora únicamente podía intentar alcanzarla, aunque ya no fuera tan fácil. Rosa sabía lo que pasaba su alrededor, no era tonta, y como si tuviera un sexto sentido era capaz de saber quién hablaba mal de ella, gente a la que luego solía evitar a toda costa. Y yo… Yo era “amigo” de ese tipo de gente, de la gente que despreciaba a Rosa sin razón alguna, gente que, cuando me veía con ella, me recomendaba mantenerme al margen.

‘¿Felipe?’ Dijo una voz a mis espaldas cuando ya habíamos pasado la facultad de periodismo.
Me giré al reconocer la voz: no era otra que Catalina, que me saludaba con la mano para que la viera acercarse. La verdad es que ya no me apetecía ir al Lizarrán, y menos con Marina, que parecía odiarme profundamente, por lo que usé a Catalina como excusa para despedirme del resto de mis compañeros, diciendo que ya quedaríamos en otro momento.
‘Parece mentira que, viviendo tan cerca, hiciera por lo menos más de dos meses que no te veía.’
‘Pero eso es porque sabes que me encanta madrugar, y tú ahora por las mañanas trabajas, ¿no?’
‘Cierto, pero sea como sea, me alegro de verte, ¿vuelves a casa? Te acompaño, yo he terminado por hoy, así que estoy disponible para que me cuentes cómo te va la vida.’
No sé cómo lo hizo, pero antes de llegar al metro nos habíamos terminado deteniendo para hablar más tranquilamente en un banco, ya que poco a poco Catalina me lo estaba sacando todo. Me había llevado siempre muy bien con ella, desde pequeños, pero nunca me había atrevido a contarle nada íntimo. Esta vez me escuchó muy atentamente, con las manos sobre el regazo y la mirada perdida en los árboles de la acera de enfrente.
‘Al menos tú tienes más esperanza que yo.’ Fue lo primero que dijo cuando terminé mi relato (terminando, lógicamente, en lo que me acababa de suceder hacía un instante).
‘¿Más que tú? ¿Por qué dices eso?’
‘Yo me he enamorado de un chico que no quiere nada conmigo, y lo peor es que me lo ha dicho, por lo que no es que yo esté muy pesimista ni nada así.’
‘Pues no sé cómo no podría querer nada contigo, eres una chica encantadora, y no te lo digo porque seas mi amiga de toda la vida…’
‘No, pero volviendo a tu tema, que es el que nos importa ahora mismo, creo que tienes esperanzas con ella, ¿tú no piensas así?’
‘¿Por qué debería tener esperanza?’
‘En primer lugar, porque no te has declarado y no te ha rechazado, cuando te rechace ya podrás olvidar el tener esperanza y todo lo que tú quieras, pero de momento…’
‘¿Y sus acciones?’
‘Hablan por sí solas, si no quisiera hablar contigo tal vez no te alcanzaría cuando os encontráis por la mañana, ¿no lo has pensado? Yo si no quiero hablar con alguien, dejo que camine delante de mí para no encontrarnos.’
‘Ya, pero, ¿y la gente con la que me voy? Creo que no quiere hablar conmigo por eso.’
Catalina se encogió de hombros y me miró muy seria, sin decir nada, a los pocos segundos se levantó del banco de piedra y se estiró, colocándose el bolso correctamente.
‘Voy a ir a verla, ¿quieres acompañarme? Para verla al menos.’
‘Quita, quita, no te conviene enredar más el asunto, con que estéis los dos solos es suficiente.’

Tras eso se despidió de mí con una sonrisa y no pude siquiera darle las gracias por haberme escuchado y haberme dado el valor necesario para dar media vuelta; me limité a despedirla, rezando porque pudiera notar mi agradecimiento de alguna forma. Miré mi reloj y me di cuenta de que la tutoría de Rosa estaba a punto de empezar, y como sabía que no tenía prisa me dirigí hasta la facultad andando tranquilamente, mirando al cielo mientras pensaba detenidamente qué podría decirle. Tal vez no era buena idea declararme de golpe, pero hablar más con ella y estar a solas probablemente mejoraría mi situación. Probablemente.

Fui directo al despacho del profesor Iglesias tras confirmar cuál era en secretaría, ya que recordaba el número vagamente. Subí tranquilamente las escaleras y ya en el pasillo pude ver a un chico esperando en un banco, muy cerca de la puerta. No pude evitar quedarme mirándole mientras avanzaba a su posición, ya que él no hacía nada por disimular una mirada altamente sorprendida, como si no esperara verme allí, aunque yo no creía conocerle de nada.

‘Disculpa, ¿has visto a una chica salir de este despacho? Es… Morena, con el pelo rizado, y lleva una mochila azul y blanca.’
Tardó unos segundos en responder, hablando algo confuso ‘no, aún no ha salido nadie de aquí.’
‘¿Tienes una tutoría?’ Me aventuré a preguntar, si la tenía después de Rosa, podía saber a qué hora terminaría.
‘No… No exactamente.’
Y sin decir nada más apartó la vista. Me sorprendió un poco su reacción, por lo que no pude evitar empezar a examinarle de reojo. La verdad es que no le conocía de absolutamente nada, y eso era raro. Tras tanto tiempo en la facultad las caras se iban haciendo familiares, y aunque a mucha gente no la conocieras la habías visto en alguna que otra ocasión. Terminé deduciendo que no era de la facultad, así que la única opción que me quedaba es que estuviera esperando a alguien, pero, siendo por la tarde, en los despachos no quedaba ni un alma, únicamente Rosa tras aquella puerta.
‘Oye, disculpa, ¿estás…?’
Siempre había pensado que esas cosas solo pasaban en las películas, el hecho de ir a preguntar algo importante y que, por arte de magia, algo interrumpiera. El chico se disculpó y cogió su móvil, que había empezado a vibrar en el banco, produciendo un pequeño zumbido.
‘¿Sí? Ah, hola, ¿qué tal?... Pues aquí ando, en la facultad… Sí, hoy me tuve que quedar un rato más, por una tontería en realidad, ahora volveré a casa supongo, ¿por?... Ah, qué casualidad…’ Llamadme loco, pero en su cara pude leer a la perfección ya es casualidad, joder ‘Pues no sé qué decirte, porque aún me queda un rato… ¿Has llegado ya? Es que me sabe mal que estés esperando’ Por un momento la persona al otro lado del teléfono me dio pena, ya que estaba siendo plantada como quien no quiere la cosa ‘mira, mejor márchate ya si aún estás cerca del metro, porque lo mismo estoy cinco minutos que media hora… Ya hablamos, hasta luego…’
La conversación parecía haber dejado agotado a mi compañero de banco, que resopló y se estiró, echando la cabeza hacia atrás mientras subía una mano para pasársela por el pelo, como si hubiera olvidado que estaba acompañado. Decidí darle unos instantes de tranquilidad, por no asustarle con mi presencia.
‘Discúlpame’ dijo él aún con la cabeza echada hacia atrás ‘¿querías preguntarme algo?’
Me pareció de muy mala educación que permaneciera en aquella pose, hablándome sin mirarme, por lo que permanecí en silencio hasta que se colocó bien, con la mirada confusa.
‘No era nada, pensé que igual conocías a Rosa, la chica que está dentro, pero creo que no.’
No me hizo falta su expresión sorprendida al mencionar el nombre de Rosa para saber su respuesta, hacía un rato ya que me había dado cuenta de que la esperaba a ella. Incluso había intuido que había dado plantón por ella.
‘No, bueno… En realidad no, pero…’
Aquello me sorprendió, ya que esperaba una negativa rotunda por su parte y que se hiciera el tonto y luego se fuera, pero no fue así.
‘¿La conoces o no?’
‘La conozco, pero no somos amigos ni nada así, tal vez no somos ni conocidos.’
‘Pues conocido suyo sí que serás, si no dudo mucho que la estuvieras esperando con tanto interés.’

Algún día, dentro de muchos años, podré contarles a mis nietos como en aquel momento me vine arriba, literalmente, ya que me levanté del banco. Yo, que había sido siempre una persona tranquila y calmada que no levantaba la voz ni cuando le daban un pisotón me había levantado de un golpe y había levantado la voz a aquel completo desconocido. ¿Qué me había pasado? Lo sabía, lo sabía y la rabia de conocerlo me hacía apretar los labios con fuerza. Me había cansado de escuchar a todos esos chicos de clase fijarse en ella cuando se había vuelto popular, me había dado rabia que alguno pudiera conquistarla y que yo no pudiera, después de casi tres años mirándola, y me había dado mucha más rabia pensar que un completo desconocido, alguien que decía no ser ni su conocido, pudiera fijarse en ella. No obstante el chico no parecía enfadado conmigo, pero antes de poder llegar a replicar escuchamos un chasquido que nos hizo girarnos en el sitio. La puerta del despacho se había abierto.

‘¿Has venido a una tutoría Felipe? Creo que no me avisaste, pero si es algo breve puedes decírmelo ahora, aunque tengo que marcharme...’
‘No, no era nada.’
Pensé que me pediría explicaciones, pero cuando le miré miraba fijamente a Rosa, que, a su vez, miraba al chico desconocido como con una mirada que no le había visto nunca: Rosa estaba enfadada.
Sé que suena extremadamente raro decir que no conocía a Rosa enfadada, pero así era. Ella jamás se enfadaba en clase, siempre tenía el semblante tranquilo, a veces sonreía y a veces estaba triste, pero de aquellas tres emociones no salía. El chico quiso decir algo, pero sus labios no parecían moverse, algo que también notó el profesor Iglesias.
‘Bueno, vámonos Rosa, te acerco, como te prometí’ con un gesto rápido cerró la puerta del despacho y guardó la llave en su bolso ‘hasta luego chicos’ dijo el profesor antes de darse media vuelta.

Pensé en aquel instante que Rosa se quedaría con nosotros y le dejaría marcharse, pero como si fuera un suspiro se apresuró a bajar los escalones tras él, sin darnos tiempo a reaccionar. Únicamente cuando perdí de vista su figura el chico se giró hacia mí, con media sonrisa.
‘Yo no puedo hacer mucho, a fin de cuentas… No somos ni conocidos, pero suerte para ti, creo que la vas a necesitar.’
No le dije nada, simplemente fui hacia las escaleras yo también, dejando al chico allí con su móvil, que había vuelto a vibrar y cuyo zumbido llegaba hasta el final del pasillo.

Publicar un comentario

  © Blogger template Shush by Ourblogtemplates.com 2009

Back to TOP