El hueco
>> viernes, 12 de junio de 2015 –
relato
La primera noche no escuchó aquel golpecito. Estaba tan ocupada leyendo que su cabeza obvió el sonido y lo camufló entre las gotas de lluvia que repiqueteaban contra su ventana. La segunda noche el sonido se hizo más fuerte, pero no tanto como para conseguir que se girara en su escritorio. Apenas levantó la vista de un folio a medias, con el presentimiento de haber escuchado algo pero la incerteza de haberlo escuchado cerca. La tercera noche no hubo nada que ocupara su mente: Notó el golpecito y vio como el segundo cajón bajo la estantería de los libros se había movido. Con el ceño ligeramente fruncido terminó de girar su silla y golpeó el cajón con el pie para volver a ponerlo en su sitio. No tardó en repetirse el fenómeno y la segunda vez, ya con una ligera nota de preocupación en su rostro, se inclinó para cerrar el cajón con la mano. A continuación no esperó a que el suceso se repitiera una tercera vez, con una sonrisa ingenua salió de la habitación en dirección al baño y se miró a sí misma en el espejo. Su reflejo le devolvía una imagen tan distorsionada que tuvo que entornar los ojos y buscar aquellos rasgos que le eran familiares para reconocerse: Un flequillo que necesitaba ser cortado pero que tenía demasiado miedo a una peluquería, una oreja izquierda ligeramente más despegada, y unos labios que, habiendo sido mordidos hasta la saciedad, se alegraban de tener un instante de tranquilidad. Sin lugar a dudas aquella persona que le devolvía la mirada fija era ella, ella o lo que pudiera quedar.
Le dolía el pecho, desde hacía tres días o algo así. Ella se reía al decirlo y bromeaba con tener el corazón roto, pero las personas a las que se lo contaba la miraban preocupadas, sin saber realmente qué consejo dar. Pero ella no necesitaba consejo alguno, en realidad no quería que supieran que le dolía el corazón, pero siempre terminaba contándolo porque algo en su cara la delataba: Igual eran los ojos ligeramente achinados intentando aguantar una pequeña lágrima, o tal vez la sonrisa forzada. Fuera como fuese había algo, algo que la obligaba a bromear sobre un tema del cual prefería no hablar. Cuando volvió a la habitación el cajón se había vuelto a mover, pero esta vez, sin prestarle atención, se sentó en el borde de la cama y miró al suelo. Lo cierto es que le dolía mucho el pecho, como cuando una pequeña piedra se metía en el zapato y al más mínimo movimiento molestaba, igual. Deseó en ese instante poder sacarse el corazón del pecho para sacudirlo y la idea le hizo reír. No hizo falta que se levantara de la cama; arrastrándose un poco se acercó al cajón y lo abrió. Al fondo del todo, en la esquina de la izquierda, estaba guardada una de sus posesiones más preciadas. Lo había envuelto en unos calcetines muy feos, los típicos calcetines que te regala alguien de tu familia y con los cuales no sabes qué hacer. No quería ponérselos ya que eran demasiado feos y, aunque no se vieran, ella los veía, sentía como sobresalían entre su pantalón y su zapato, intentando llamar su atención. Tampoco quería tirarlos, aquello le parecía un desperdicio y se negaba a tirar algo que no estuviera roto, o que se le hubiera quedado pequeño. Miró el estampado de rayas y lunares con un poco de rencor y se preguntó a quién se le había ocurrido mezclar tantos colores en una misma prenda de vestir. Entonces el gato que reposaba en el tobillo le sonrió: Le habían tenido que decir que aquello era un gato, ya que por su forma parecía algo atropellado varias veces por un camión.
No quería tocar aquellos calcetines, tal vez por eso los había usado como escudo, pero sabía que en aquellos instantes su contenido era mucho más importante que toda la repulsión que pudiera sentir por aquella prenda de vestir. Poco a poco desenvolvió el contenido y dejó los calcetines sobre la cama, a su izquierda, con la cara del gato mirando hacia abajo. En aquel momento su corazón latía con fuerza, así que lo miró como quien ve a un bebé llorar por primera vez. Sacudió un poco el corazón y se lo pasó de una mano a la otra, mirándolo desde todos los ángulos en busca de algún imperfecto, pero seguía tal y como lo había dejado hacía un año: Perfecto por fuera, pero completamente hueco por dentro. Con cuidado cogió los calcetines y lo volvió a envolver, intentando que aquel gato no la mirara de nuevo, y lo cambió de lugar, moviendo un poco el contenido del cajón para hacerle un hueco esta vez a la derecha. La curiosidad pudo con ella y decidió posar la mano donde antes había estado el corazón, pero no notó nada. No pudo evitar preguntarse a sí misma qué esperaba encontrar al posar la mano ahí, pero nadie respondió. Finalmente, cuando terminó de colocar el cajón, se sentó de nuevo en su silla y miró su reflejo en el joyero de cristal que reposaba en la estantería. Aquella imagen mucho más distorsionada que la del espejo le pareció mucho más real: Su cara, fragmentada con los ángulos, le parecía más familiar que la oreja despegada que había visto hacía unos instantes.
Entonces volvió a notar el dolor en el pecho y una sonrisa amarga le cruzó el rostro. Le dolía, le dolía tanto que sentía que iba a morir, pero no era el corazón, no. Aquel hueco que había creado en lo más profundo de su ser se desangraba, agrietándose y haciéndose más grande por momentos. Aquel hueco palpitaba como lo haría un corazón y almacenaba todos los sentimientos que el corazón ya no podía conservar, pero no los conservaba en su memoria, si no en lo más profundo de su pesar. Aquel hueco dolía, dolía tanto o más que un corazón, y cuando intentaba llorar sentía que las lágrimas caían en su interior, sin posibilidad a salir. Volvió a mirar al cajón una última vez, deseando por un momento que lo más raro que contuviera fueran aquellos horrorosos calcetines de gatos.