Un mal día, segunda parte.



Menuda mierda de mañana Álvaro cómo no voy a estar hasta los cojones si encima de que el metro iba lento una tía me empuja y va la subnormal y se echa el café encima mira me duele haberme quedado sin desayuno y haber pagado tres euros para nada pero eso le pasa por estúpida a ver ahora cómo disimula la mancha en el abrigo blanco’ y así, sin coger aire, cerró la boca y volvió a mirar su iPhone.
Estefanía no era una chica que destacara ni por su belleza ni por su inteligencia, es más, en lo que respecta a esto último era bastante mediocre, pero en aquel momento sentí el impulso de aplaudirla: cualquier persona con tal capacidad pulmonar merecía ser aplaudida alguna vez en la vida. Después de aquello nos despedimos y me guiñó el ojo, y entonces olvidé, así, de golpe, por qué había tenido ganas de aplaudirla.
Aquella anécdota me dejó pensativo durante un rato: ¿Por qué iba nadie a empujar a Estefanía a costa de ensuciarse? Era algo que no tenía sentido, por lo que probablemente la pobre chica no tendría culpa ninguna. No obstante entonces llegó Miguel y dejé el asunto de lado.

Aquel día no estaba siendo nada del otro mundo: Como cada día la suerte me sonreía  y todo me salía perfecto, lo que me hacía recordar la cara de envidia de mis amigos mientras me golpeaban en la espalda y decían: “pero mira que tiene suerte el cabrón”. No recordaba lo que era tener un mal día, ya que hacía mucho que no tenía uno, pero la perfección estaba consiguiendo aburrirme, tanto que incluso hacía cosas mal esperando ver consecuencias, algo que no sucedía nunca.
Durante mi segunda clase sentí el móvil vibrar en mi bolsillo, pero preferí no mirarlo hasta salir del aula, ya que sabía quién era: Catalina. La había conocido hacía un par de semanas en la biblioteca, cuando había salido a ligar con Miguel. ¿Y qué hacía yo ligando en una biblioteca? Siempre era más interesante así, ya que las posibilidades de encontrarte con gente como Estefanía eran nulas. La chica se había sorprendido de cómo le entramos, pero había terminado decantándose por mí, como era de esperar. Después de aquello habíamos quedado varias veces, y también habíamos hablado mucho por whatsapp, y, como era lógico, la chica se había enamorado de mí. Sentí un escalofrío la primera vez que me dijo “tú no eres como los demás”, y cuando en una cita me soltó, sin venir a cuento, “es que yo nunca he besado a nadie” ya supe que había ligado con la persona incorrecta. No es que no me gustaran las chicas inocentes, pero aquella responsabilidad me iba muy grande, ya que yo no iba con la intención de tener una relación con nadie. Sí, me gustaba salir con chicas, pero para divertirme y no llegar a nada serio, y aunque puede parecer que lo único que busco sea un “aquí te pillo, aquí te mato” eso está bastante lejos de la realidad: Yo solo quería salir con chicas interesantes, hablar con ellas y tener algo que hacer los fines de semana aparte de quedar con mis amigos. No obstante con esta chica me había salido mal la jugada: Se había colgado de mí, yo era su “primer amor” e iba a hacerla daño. La idea de romperle el corazón me atormentó durante un par de días hasta que decidí hablarlo con Marina, una compañera de clase. Ella, lejos de sorprenderse, se encogió de hombros y me dijo que fuera sincero y que si se enfadaba conmigo me estaba merecido, que ya iba siendo hora de que tuviera un poco de mala suerte. Pero, como ya he dicho, eso de tener mala suerte no es algo tan sencillo: Sí, fui sincero con ella de la manera más cortés que pude, pero ella lejos de enfadarse conmigo me agradeció mi sinceridad y dijo que quería que fuéramos amigos, que tal vez así, algún día, llegaría a tener sentimientos románticos y podríamos ser novios.

‘No me puedo creer que no se enfadara contigo’ dijo Marina alzando una ceja ‘yo soy ella, y no querría juntarme con un tío que me da falsas esperanzas y luego recula cuando le abro mi corazón.’
‘¿Enfadarse?’ preguntó Laura terminando de comer ‘¿Quién?’
Tras eso me dediqué a contarle la historia a todas aquellos que la desconocían. Estaba comiendo con Marina, Lorena, Susana y Miguel y las dos últimas chicas no tenían ni idea de lo que sucedía.
Laura fue la primera en responder: ‘Espera un momento, ¿tú ligas en la biblioteca? ¿En serio?’
‘¿Qué tiene de raro? Es lo mejor si no quieres encontrar chicas como Estefanía’ dijo Miguel, y no pudimos evitar reír.
‘Yo pensaba que tú eras más… Normal, no sé.’
‘Pues eso no es lo más raro que ha hecho, créeme’ Marina, con su habitual expresión escéptica, contó lo que yo esperaba que contara ‘normalmente va a la biblioteca y liga dejándole una notita a las chicas en las que les pone que tienen una mirada preciosa, no sé cómo nadie puede caer ante eso.’
‘Pues caen, las chicas sois más fáciles de lo que os creéis’ en ese instante, mi orgullo habló por mí.
‘Dices que no encuentras chicas como Estefanía, pero cualquiera que caiga ante eso tiene que ser peor’ añadió Laura parpadeando ‘no me creo que eso te funcione.’
‘Pues funciona, y créeme, casi siempre, a menos que la chica tenga novio, claro…’
‘No me lo creo’ repitió Laura con sus enormes ojos abiertos mirándome ‘si no lo veo, no lo creo.’
‘Qué buena idea acabas de tener’ la expresión escéptica de Marina dejó paso a una sonrisa ‘iremos contigo a la biblioteca a verificarlo, esta tarde, cuando salgamos de clase.’
‘Bueno, si insistís…’
‘¡Pero elegiremos nosotras a la chica!’
‘Más os vale no elegirme a ningún bicho feo, ¿eh?’
‘Al contrario, mientras más guapa mejor, así hay más posibilidades de que te rechace’ añadió Susana, que hasta el momento había permanecido en silencio ‘pero yo no puedo ir, trabajo, espero que luego me contéis cómo salió’
‘Yo ya he visto demasiadas veces cómo triunfa esa técnica, prefiero ir a casa a terminar mi trabajo de ficción.’ Añadió Miguel, que también había permanecido en silencio.
Tras eso quedó decidido: A las cinco nos encontraríamos frente a la facultad de derecho para aquel “experimento”, ya que yo había estipulado que no sería en la de periodismo: Ahí era donde había conocido a Catalina y no quería tener posibilidad alguna de encontrármela.

Yo fui el primero en llegar a la puerta y, sentándome en los escalones de piedra, esperé a que llegaran Marina y Laura, que habían tenido clase más lejos. No salía mucha gente del edificio, por lo que me fijaba en casi todo el mundo, con curiosidad; la mayoría eran niñas pijas, pero finalmente vi como un grupo de chicos bastante normales salió. No pude evitar fijarme en un chico con el pelo más largo que iba como un zombi, la mayoría de sus compañeros le gastaban bromas e intentaban hacerle reír, pero era inútil. “Si no quieres que la cosa siga así, haz algo de una santa vez, ni que tuvieras dos años” terminó diciendo una chica alta muy enfadada “Rosa jamás se fijaría en un cobarde como tú”. Ante aquello no solo se sorprendieron los involucrados en la conversación, yo también me llevé una mano a la boca, pero no llegué a escuchar nada más: Marina y Laura llegaron a mi posición y aquel grupo de personas se marchó, por lo que no pude evitar desearle suerte en silencio a aquel pobre muchacho que no parecía capaz de declarar su amor.

El plan fue claro y muy conciso, ya que las chicas lo habían venido discutiendo de camino a la facultad: Primero entrarían ellas y se sentarían cerca de la elegida, pero de forma que ella no las viera, cuando hubieran pasado unos minutos de cortesía me mandarían un mensaje con los datos de la chica para que pudiera sentarme delante de ella sin equivocarme. No tuve que esperar más que diez minutos a que el mensaje llegara con toda la información: “Entra en la biblioteca y dirígete al fondo, está sentada al lado de las ventanas y no hay mucha gente, por lo que te será fácil verla, pero por si acaso es la que lleva el pelo negro rizado recogido con una pinza y lleva una camisa celeste, tiene varios libros en la mesa y un estuche de un búho”. Por un momento sentí cierta emoción de tener que hacer aquello, era como un juego de niños, un busca el tesoro. Respiré hondo para relajarme y entré a la biblioteca, yendo directamente a donde me decían mientras miraba a mi alrededor. No me iba a hacer falta disimular, ya que la chica que me habían dicho estaba tan inmersa en su libro que no pareció verme llegar. Me senté delante de ella y saqué algunos ejercicios para hacer, ya que tenía que ser natural, y la miré varias veces esperando que se fijara en mí, cosa que no sucedió. Mi orgullo estaba realmente herido, y pensar que aquel fracaso estaba siendo observado no mejoró mi humor. De esa forma, inspirando profundamente, intenté toser un poco para ver si la chica se fijaba en mí. No me salió muy natural, tengo que admitirlo, pero cumplió su cometido. Los ojos negros de la chica se clavaron en los míos y sentí que me atravesaban el alma. Suspiró y volvió a fijar la vista en su libro, pero yo no pude evitar quedarme mirándola unos segundos más, hasta que decidí apartar la vista.

Acababa de descubrir lo que era la belleza de verdad: Aquella chica no tenía ningún rasgo especialmente espectacular, pero, sin lugar a dudas, era guapa. Tenía belleza porque se había aceptado tal cual era, sabía cómo era y no tenía intención alguna de ocultarse tras una densa capa de maquillaje; era la típica chica que se cuida por sí misma, no para que los demás la admiren. Probablemente la típica chica que en casa se cuidaba con cremas pero, antes de ir a clase, apenas prestaba atención a su pelo. Sus ojos negros eran grandes, no tan grandes como los de Laura, pero brillantes y tristes, muy tristes. Sus largas pestañas se reflejaban en su iris mientras sus pupilas no dejaban de mirar al libro, como si estuvieran sedientas de conocimiento. En lo que se refiere a su cara, como he dicho antes, no tenía ningún rasgo especialmente espectacular, pero tenía algo que la hacía espectacular. Sobre su cuerpo no puedo hablar mucho,  recordemos que únicamente la veía de cintura para arriba, pero era sencilla y ningún collar caía por sus marcadas clavículas. Su pelo negro había sido recogido en una pinza, pero era obvio que había sido algo rápido, probablemente para estar más cómoda estudiando. La miré una y otra vez, pero en rara ocasión me devolvió ella la mirada, y finalmente terminé encontrándome a mí mismo deseoso de que aquellas pupilas se fijaran en mí. En aquel instante por el rabillo del ojo vi a mis compañeras y me di cuenta de que, por muy guapa que fuera, aquello era un experimento y tenía que seguir adelante. Cogí un trozo de folio y no tardé en escribir “Disculpa la insolencia, pero tenía que decírtelo: Creo que tienes una mirada realmente preciosa.”
Sus ojos, aparte de tristes, eran realmente expresivos, y pude ver cómo pasaban del enfado a la sorpresa en cuestión de segundos, terminando en la incredulidad. Estiró la mano y pude ver bien las uñas perfectamente recortadas y limpias intentar alcanzar la nota, pero se la quité de su alcance, bajando la vista. No sé cómo reaccionó a mi movimiento, pero no escuché que hiciera nada, por lo que imaginé que había vuelto a su libro. La siguiente vez que nuestros ojos se encontraron le sonreí, pero ella apartó la mirada, molesta. El plan no parecía funcionar, así que pasé a la siguiente fase.

¿Puedo preguntarte tu nombre? Creo que no podré estar tranquilo sin saberlo” fue lo que escribí en la siguiente nota. Esta vez la miró enfadada y no se molestó en acercársela. A continuación comenzó a apuntar algo en un post-it y lo pegó en el libro que leía, para luego pasar a otra sección y repetir el proceso, marcando con lápiz, muy suavemente, un par de líneas. Continuó trabajando en el libro durante lo que imaginé que serían unos veinte minutos, o tal vez fueron más, hasta que finalmente cogió mi nota. “Esto es una broma, ¿verdad? No sé qué haces aquí, siquiera eres de esta facultad, pero si has venido a molestar, ya puedes irte.” Aquella nota me atravesó, pero no tanto como la mirada que la acompañaba. Sabía que mi libro de psicolingüística terminaría delatándome, pero no esperaba una reacción así, o, mejor dicho, jamás nadie había reaccionado así. La miré durante unos minutos más y pude ver cómo aquella mirada irritada volvía a la normalidad, a aquella tristeza que parecía inseparable a su existencia. Miré a mí alrededor y, viendo que no había nadie a quien pudiéramos molestar, me levanté y me senté a su lado, lo que pareció alterarla.

‘Lo siento’ dije muy bajo, apoyando el brazo en la mesa ‘no era mi intención molestarte’.
‘¿Qué quieres?’ un brillo receloso recorrió su mirada ‘si vienes a burlarte de mí, ya puedes marcharte.’
Entonces me di cuenta: Ella no sabía cómo era. Ella no era consciente de su belleza porque lo que precisamente había hecho era abrazar su fealdad como algo innato a su persona. Ella había dejado de intentar ser guapa y eso era lo que la había cambiado, el preciso instante en el que dejó de intentarlo, metamorfoseó como una mariposa: Se hizo mujer. Ella se cuidaba por inercia probablemente, por aquella ilusión que tuvo algún día de que la miraran como se miraba a las personas guapas, porque, nos guste o no admitirlo, no miramos igual a unas personas que a otras. Y por mucho que podamos admirar a una persona, nuestros ojos no engañan. Ella había prometido no fijarse nunca más en los ojos que la miraban y de esta forma se había cegado a sí misma, había renunciado a la felicidad a cambio de no hacerse más daño. Quise abrazarla, pero tuve que contenerme.
‘No quiero burlarme de ti’ dije de la manera más sincera que pude, pese a que ya no me miraba ‘me llamo Álvaro y es verdad que no soy de aquí, soy de Filología, pero vine para cambiar de aires y no pude evitar fijarme en ti, me pareciste simpática’ en aquel instante quise decir muchas otras cosas pero sabía que decirle lo guapa que era no serviría de nada.
Quedó unos instantes en silencio y luego alzó la vista para mirarme, sin cambiar su expresión triste ‘me llamo Rosa, encantada de conocerte’.
Rosa jamás se fijaría en un cobarde como tú” dijo la voz de aquella chica alta en mi mente. ¡Já! ¡Por supuesto que no! ¡Rosa no podía fijarse en nadie! Entonces intenté calmarme, ¿cuántas Rosas podía haber en aquella facultad? Muchas, sin lugar a dudas. Sacudí la cabeza y llegué a la conclusión de que lo mejor era no dar por hecho que eran la misma persona.

En aquel momento mi plan se fue al traste. Había conseguido que la chica me dijera su nombre y no me viera como una amenaza cuando Laura y Marina vinieron tras de mí, sin darme tiempo a reaccionar.
‘Perdona si te ha molestado este chico’ dijo Marina ‘le pusimos a prueba para que intentara ligar con alguien con el método ese de la notita y ya hemos visto que no lo ha conseguido, esto le servirá de lección’.
En ese instante Rosa se levantó de su silla y comenzó a guardar todas sus cosas muy tranquilamente, y, al terminar, se echó la mochila a la espalda.
‘Gracias por haber terminado de estropearme el día, Álvaro, espero que tengas más suerte la próxima vez que molestes a alguien.’
Y diciendo eso se marchó de la biblioteca, dejándonos a todos atónitos.
‘¿Lo habías conseguido?’ Preguntó Laura.
‘Sí’ y, sin decir nada más, comencé a recoger yo también mis cosas.
‘Lo siento, pensamos que estabas en apuros y creímos que lo mejor era rescatarte’ dijo Marina con el gesto torcido.
‘Da igual, voy a intentar alcanzarla para disculparme’.

Tuve que preguntar a un conserje si había visto pasar a una chica con una mochila azul y blanca para saber que no había salido a la calle, si no que se había metido por un pasillo. Cuando por fin la vi, a lo lejos, decidí seguirla en silencio hasta que se detuviera para entonces poder disculparme pero, para mi sorpresa, al llegar a una puerta –aparentemente de un despacho– llamó y luego entró en su interior, cerrando a su paso. Me acerqué despacio hasta la puerta y leí el cartel: “Prof. Bermúdez y Prof. Iglesias”. Probablemente tendría una tutoría, por lo que opté por abordarla cuando saliera de ella.

Acababa de sentarme en un banco del pasillo cuando escuché a alguien subir por las escaleras. Para mi sorpresa, no era otro que el chico de pelo largo.
‘Disculpa, ¿has visto a una chica salir de este despacho? Es… Morena, con el pelo rizado, y lleva una mochila azul y blanca.’

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