She's gone.

Quizás era la localización, o tal vez toda aquella mala fama se la había ganado a pulso el pequeño bar de la esquina. Nunca había ocurrido nada, pero al entrar, rodeado por el humo del tabaco y el olor rancio a licores pasados, se podía sentir la presencia acechante de la muerte. Allí no importaba quién fueras, ni tan si quiera cómo fueras, a todos los clientes les cubría un velo que les hacía irreconocibles a los ojos de los demás. Allí estaba él, como todos, con su camisa manchada y los ojos hundidos en unas sombras aterradoras. Sus manos, gastadas y con las uñas mordidas hasta los extremos, temblaban nerviosas, agitando el paquete de tabaco que amenazaba con caerse. Ya había perdido la cuenta de lo que había bebido y eso, en el fondo, le creaba una sensación de malestar, puesto que no recordaba llevar el monedero encima. El dueño del bar le miraba, malicioso, como si pudiera leer su mente mientras seguía secando los vasos con un trapo amarillento; ver aquella escena hacía que todas las bebidas se antojaran asquerosas, quemando las gargantas por las que pasaban, no obstante, esto no quitaba de beber a los hombres de aspecto lamentable que se alineaban en la barra: Ellos seguirían fumando, ahogando todos sus miedos en el fondo de aquellos vasos gastados y sucios.
Él ya se había perdido a sí mismo mucho antes de haber entrado en aquel maloliente agujero. No se sentía persona, ni tan siquiera ser vivo: No se oía respirar, no sentía los latidos de su corazón, solo oía su voz, su voz latente en la cabeza. Esa voz que le mareaba y le incitaba a continuar bebiendo, a continuar perdiéndose a sí mismo. Era incapaz de mantener los ojos abiertos, pero si los cerraba le acechaban sombras, todos sus miedos tornados monstruos atroces; le comían poco a poco, devoraban su alma para luego abandonar el cuerpo a su suerte en aquel mundo insensible, despiadado. Tan solo al imaginar esta escena su cuerpo temblaba con violencia y no era capaz de respirar con propiedad, agitaba la mano sin poder evitarlo, como si de un tic nervioso se tratase, derramando el licor amarillento que, al contacto con su piel, le helaba por dentro. Ella y solo ella. Había sido su mundo, su razón de ser, su motivo para respirar un día más. Ahora ya no era nada, pero seguía siéndolo todo. Ocupaba toda su cabeza, hundiéndole en su miseria, en sentirla y no tenerla, en quererla y odiarla por ello. Él no tenía la culpa, se auto convencía de ello como el niño que niega haber roto un plato, se lo repetía noche y día mientras se dejaba perder por las calles, se lo repetía al recordar su cara, al sentirla tan cerca que deseaba agarrarla, agarrarla y convencerla de que él no había hecho nada. Ella, ella y sus lágrimas, malditas dagas invisibles que le agujereaban el corazón, que le mataban por dentro y le hacían matarse por fuera. Dejó caer el vaso con un golpe sordo que no llamó la atención de ninguno de sus compañeros de miseria y se levantó tambaleándose, sin poder erguir del todo la cabeza. Los colores de sus zapatillas ya no brillaban a sus ojos y, ante la mirada cómplice que no llegó a divisar del dueño del bar, salió de allí arrastrando los pies. Llovía. Llovía y el agua le calaba la ropa, traspasándole e inundándole el alma; llevándose, cual río desembocado, todo atisbo de humanidad que pudiera quedar en su interior.

La quería. La amaba. Quería tocarla, rozar su pelo, olerla. Un día más… Solo un día más. Le hablaría, la perdonaría y todo seguiría igual. Ella le amaba, no era nada sin él, y no necesitaba repetírselo para estar seguro de ello, lo sabía. Aunque lo buscara, no encontraría a nadie mejor: Aquellos monstruos de dedos largos, esas bestias con ansia de carne, no eran mejores que él. No podían serlo. Ella se había ido, pero no significaba nada. Ella se había ido, pero no lo suficientemente lejos. Y entonces se dijo a sí mismo que la volvería a ver, y que la tocaría, y que ella le amaría de nuevo, y si no le amaba, sería peor para ella; se tendría que enfrentar al mundo sin él, y no sería capaz. Y era tal el sentimiento que le llenaba que, al fin, se sentía mejor. Y se volvía a sentir un poco más él; se sentía querido, y todas aquellas veces que le habían llamado loco se le hacían insignificantes, lejanas. Se volvía a sentir él, como siempre, tan orgulloso como el primer día, y se repetía a sí mismo que podría ser feliz sin ella, que ella no era nadie.
Y allí estaba ella. Tan espléndida como el primer día, con su voz cariñosa rodeándole de palabras inciertas, de sueños y promesas que no se iban a cumplir. Y allí estaba él, como el primer día, tan inseguro, tan celoso, tan exagerado. Había vuelto a ser él, pero ella no volvería a ser ella nunca más. Había sido un sueño, una ilusión, y había descendido para atraparle con palabras hermosas, le había elevado al mismo cielo y le había hundido en la tierra, marchándose para siempre. Y ahora era él y no era. Se había perdido a sí mismo, se había perdido en una divinidad inexistente, y la había divinizado a ella.
Y allí están los dos. Él está, pero no está; y ella está, pero se ha ido.


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