Me gusta mucho tu vestido.

Recordaba bien los pliegues de mi vestido, siquiera las flores que permanecían en la sombra dejaban de brillar con luz propia. Recordaba cada puntada y como habían traspasado mi piel y me habían hecho la mujer que soy ahora.
Aquel vestido había conocido a mi madre desesperada, había notado sus gruñidos exhaustos traspasarle junto a la aguja y el hilo rosa. También había conocido a mi madre resplandeciente, más hermosa que las flores que lo decoraban. Por último conoció a mi madre cansada, vio sus ojos cerrados y su último suspiro nos atravesó a ambos, quedando grabado en cada uno de los hilos que formaban nuestra piel. Aquel vestido también conoció a mi padre; fue rebelde y compasivo, y sirvió de pañuelo a todas las noches de soledad y lágrimas demasiado orgullosas para salir.
Pero lo más importante es que mi vestido me conoció a mí. Estuvo conmigo cuando el valor faltó, y ejerció de delantal para todas aquellas sonrisas que no llegaban a cuajar. Quiso ser uno con el viento desde la parte de atrás de aquella moto destartalada. Hizo feliz a mis amigas y me ayudó a levantar la cabeza ante aquellas que no lo eran. Conoció el primer amor y recibió todos los besos como si de un regalo del cielo trataran. Conoció el amor de verdad y supo esperarme cuando en mi cuerpo ya no quedaba sitio para él. Compartió conmigo noches en vela frente a libros jamás terminados, y juntos recibimos una nueva sonrisa en nuestro corazón.
Mi vestido. Él vio mi pelo fundirse con la nieve y las sonrisas que me mantenían viva. Mi vestido. Él escuchó todo aquello que yo no quería escuchar y floreció todo lo que yo ya no podía florecer. Mi vestido ya no volvería a acompañarme, ahora permanecería sola, debajo de una gran manta sin flores, mientras mi vestido se marchitaba. Pero llegaste tú, y entonces él conoció de nuevo la primavera.
- Me gusta mucho tu vestido, abuela.


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