Un mal día, primera parte.
>> domingo, 19 de octubre de 2014 –
un mal día
Un mal día lo tiene
cualquiera, eso me han dicho siempre, no obstante estoy segura de que si en
algún diccionario necesitasen una definición del tal concepto terminarían
llamándome, pues no les quedaría más remedio. Yo era la reina de los malos
días, aunque siempre, para mi suerte, conseguían arreglarse antes de acostarme,
por lo que nunca podía contarlos como “malos días” en su conjunto, aunque –esta
vez para mi desgracia– no iba a contar con la misma suerte anteriormente
mencionada.
No, el día no había comenzado
quedándome dormida: yo había optado por no dormir esa noche. Había permanecido
una semana enferma y, como era de esperar, no había tenido tiempo -ni ganas- de
hacer los trabajos que correspondía entregar el lunes, no obstante aquello no
me angustiaba ya que no contaba con asistir a esas clases. ¿Pero qué sucedía si
el domingo mejoraba súbitamente? No podía quedarme en casa contando con una
salud envidiable, ni podía presentarme tampoco en clase sin trabajos. Preferí
cenar pronto y echar una cabezada antes de levantarme de madrugada a preparar
trabajos y, en cierto modo, fue un acierto ya que evité quedarme dormida, pero
eso no me hizo evitar perder el autobús. Podría haber esperado al siguiente autobús,
nadie dice lo contrario, pero eso me haría llegar tarde a clase. Haciendo de
tripas corazón me dirigí a las escaleras mecánicas y bajé con pesadez al metro,
conocedora de que alguna desgracia se acercaba. No tuve que esperar mucho
tiempo, tras nueve estaciones y con el cambio de línea me encontré con mi peor
pesadilla: Vestía muy “moderna” ella, con sus zapatitos, su camisa de flores y
su bolso a juego con un pañuelo que envolvía su cuello, pero esto no es lo más
remarcable, ya que en su mano derecha llevaba un café que amenazaba con caerse
de un momento a otro, pues su dueña estaba demasiado ocupada revisando su iphone como para preocuparse de
terminarlo. Me fue imposible apartarme de ella, ya que la gente se apretaba en
el pequeño vagón, y no pude evitar gritar cuando aquel líquido que me había
hecho palidecer anteriormente me había quemado el brazo. ¡Lo había visto llegar
y aun así no había podido evitarlo! Esto sin duda era lo que más me dolía de
toda la situación. Una señora muy amable me preguntó si estaba bien y
rápidamente sacó un pañuelo para limpiarme la mano, lamentando más tarde no
poder ayudarme con la chaqueta, ¿qué hacía la dueña del café mientras tanto?
Bueno, he de decir que parecía realmente afligida por haber perdido su
desayuno, pero más que habérmelo tirado encima su mirada parecía indicar que yo
me lo había tomado sin su consentimiento. Completamente angustiada por el tacto
pegajoso de la chaqueta sobre el brazo conseguí salir del vagón entre empujones
y, sin muchos ánimos, fui caminando hasta la facultad, mientras observaba como
todo el mundo se giraba a mirar la mancha marrón en mi chaqueta blanca.
El día en este punto
podría haber mejorado, pero tal vez eso hubiera sido pedir demasiado. Cuando
llegué a clase y vi una nota en la puerta pegada con celo quise morirme. Recé a
todas las deidades que conocía, pero no hubo suerte, la profesora García
Bermúdez no podría asistir a la clase de las ocho y media y yo, como una tonta,
había ido para nada. Pasé las siguientes dos horas en la biblioteca y luego me
dirigí a la clase 224 con una compañera que me había asaltado en el pasillo. No
era especialmente amiga de nadie pero, por alguna razón que no llegaba a
entender, todo el mundo me consideraba “alguien con quien valía la pena
juntarse”.
‘¿Te vienes con nosotros
al autobús?’ Decía Marina delante de mí con su bolso ya en el hombro.
‘Ya me gustaría, pero
tengo una tutoría con el profesor Iglesias a las siete.’
‘¿A las siete? Pero si
solo son las cinco, ¿qué vas a hacer hasta entonces?’
Alguien se acercó a
nosotras, pero como vino por detrás hasta escuchar su voz no pude reconocerle.
‘Vamos chicas, hemos
pensado en pararnos en el Lizarrán de Moncloa de camino a casa.’ Aquel era Felipe,
que pese a dirigirse a ambas solo me miraba a mí.
‘Rosa no puede, tiene una
tutoría a las siete con Iglesias.’
‘Para eso falta mucho, ven
con nosotros hasta entonces, te da tiempo a ir y volver’.
‘Lo siento Felipe, creo
que me voy a quedar, aún no tengo muy claro qué le quiero preguntar así que un
rato en la biblioteca me ayudará a aclarar mis preguntas.’
‘Bueno, como quieras,
mañana nos vemos.’
Con lo que parecía una
mirada decepcionada se fue con el resto, que nos esperaban en la puerta, y
procuré despedirme de todos con la mano antes de continuar guardando mis cosas.
‘Tendrías que venir, Felipe
es demasiado tímido y como no le des un empujoncito jamás se te va a declarar.’
‘Es que yo no quiero que
se me declare, sería incómodo.’
‘Bueno, si tú lo dices… Me
marcho, que se van sin mí, ¡hasta mañana!’
Antes de poder despedirme
de ella desapareció por la puerta de clase y, guardando todos mis papeles con
pesadez, salí del aula.
La biblioteca a aquella
hora estaba realmente tranquila, no había nadie y fue un alivio, ya que me pude
concentrar al máximo en todo lo que tenía que hacer, aunque me apenaba no haber
salido con mis compañeros; de vez en cuando hasta yo necesitaba un respiro. Me
encontraba tan ensimismada en mi libro de derecho penal que siquiera noté cómo
se sentaba alguien delante de mí. Permanecí inmersa en el libro hasta que la
persona frente a mí tosió, una tos forzada y ridícula que me obligó a levantar
la vista. Le miré de reojo y él también me miró a mí. Tenía el pelo castaño
pero demasiado claro, como si fuera pelirrojo, y sus ojos verdes estaban
clavados en mí. ¿Qué demonios quería? Suspirando volví a bajar la vista, pero
ahora que le había mirado notaba cada instante que sus ojos se posaban en mí.
Levanté la vista varias veces, molesta, y él se limitó a intercambiar miradas
conmigo como si no notara mi enfado inminente. Estuve a punto de cerrar el
libro y cambiarme de lugar, pero justo en ese instante noté como aquel chico
colocaba una nota al lado de mi estuche, sin mirarme. La cogí y espere unos
segundos, pero él no volvió a mirarme, así que opté por abrirla, igual me decía
algo interesante como “tienes algo verde entre los dientes” y de esa forma
justificaba sus miradas indiscretas, pero no era aquello lo que me esperaba en
aquel trozo de papel.
